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Alfred Nobel

 

 

Una casa con historia

Esther Zorrozua

 

Cuando compré la casa, el agente inmobiliario sólo se refirió a ella como una edificación bien situada, en un paraje tranquilo y con una tradición de rancio abolengo. Yo tampoco hice preguntas. La construcción me gustaba y se avenía a mis necesidades. Era una casa de tres plantas ubicada en lo alto de una loma a la salida del pueblo, con un amplio jardín a su alrededor.

Su interior era espacioso, con muchos salones y habitaciones que jamás llegaría a utilizar al completo, pero que me proporcionaba una agradable sensación de desahogo y de bienestar.

Yo había desarrollado toda mi vida profesional, treinta y ocho años, como juez en el Distrito Siete de París. Eso me había condicionado a vivir siempre cerca del Palacio de Tribunales, en un pequeño apartamento abuhardillado en el barrio de Saint Michel, junto con mi esposa Claire. No habíamos tenido hijos.

Hace dos inviernos, Claire empezó a sentirse mal a la vuelta de nuestras vacaciones de Vietnam. Al parecer, durante nuestra estancia allí, contrajo una rara enfermedad que afectó a todo su sistema inmunitario. Los médicos tardaron en diagnosticar su dolencia por desconocimiento de su origen; cuando dieron con ello, ya era demasiado tarde. Claire se fue apagando en pocos meses como una vela que se queda sin pabilo, y una tarde de primavera dejó de respirar mientras yo la sostenía recostada en mi regazo.

            Quedé con el alma agarrotada, sin saber qué hacer. Seguir acudiendo cada mañana a la Sala de lo Penal se me hacía muy cuesta arriba y administrar justicia con un mínimo de serenidad se convertía en algo casi imposible. No tenía sentido continuar con aquel suplicio, así que solicité el retiro, liquidé mis asuntos en París y decidí refugiarme en el campo. Nadie dependía de mí y consideraba que me había ganado un merecido reposo.

Elegí al azar la región de la Provenza, donde jamás había estado antes, pero de la que había oído contar maravillas. Quiso el destino que mis huesos fuesen a dar a un pueblecito tranquilo, conocido como Saint Paule de Vence, una tierra de viñedos y olivos cuyas casas desiguales e historiadas forcejeaban por escapar de los límites de la muralla medieval, que pretendía aprisionarlas como un gran corsé arquitectónico.

Había llegado a primera hora de la tarde y aparcado mi coche junto al puente que unía las dos riberas del caudaloso Saona. Me hallaba paseando por las callejuelas adoquinadas y estrechas del viejo casco urbano, observando cómo las casas casi se besaban a la altura de los aleros, cuando me salió al paso, como un despropósito, una oficina inmobiliaria. ¿Podía tratarse de un pequeño guiño de la fortuna? Empujé la puerta haciendo sonar sin pretenderlo una campanilla que anunciaba mi visita. De inmediato, surgió Pierre, apareciendo desde el fondo de un lóbrego pasillo.

-Quisiera saber si hay algo a la venta en esta zona -le dije, tras saludar y presentarme. Pierre, que controlaba sin esfuerzo los vaivenes inmobiliarios de su territorio, puso en marcha su maquinaria a base de un interrogatorio breve y certero: ¿de cuánta gente estábamos hablando? ¿Yo solo? ¡Ah, bueno! ¿Cuánto estaba dispuesto a pagar? ¿Qué clase de casa quería? Respondí pacientemente a todos sus requerimientos, hasta que consiguió hacerse una idea de cuáles eran las condiciones.

-Hay varias casas -anunció-, aunque si desea algo especial y tranquilo, le enseñaré la mansión de los sauces. Es algo grande para una sola persona, pero está magníficamente situada y su precio es toda una ocasión para alguien que desea invertir. Usted, que ha sido juez, será su inquilino perfecto.

Me mostró la casa y la hacienda, y antes del anochecer habíamos cerrado el trato frente a sendas copas de coñac en la posada de Madame Gallimard. La casa, a pesar de su estado general bastante satisfactorio, necesitaba algunos arreglos imprescindibles antes de entrar a vivir, así que no puede instalarme en ella hasta después del verano

Llevaba un par de semanas disfrutando de mi adquisición y me encontraba discutiendo algunos detalles con Etienne, el jardinero, cuando vi acercarse a un clérigo con la sotana raída y la melena al viento.

-¿Quién es? -interrogué de urgencia a Etienne.

-¡Ah! Es el Padre Armand. No le haga mucho caso -me advirtió- Ha estado muy enfermo y a veces se le ocurren cosas extrañas.

Cuando el recién llegado estuvo a mi altura, escuché su respiración entrecortada y un silbido que brotaba de su pecho igual que de una cafetera puesta al fuego y soltando presión a todo trapo.

-¿Va a continuar con el negocio? -me preguntó a bocajarro.

-¿Qué negocio? -quise saber yo, mirando sorprendido y de forma alternativa al cura y al jardinero.

-¿Es que no se lo han dicho? -insistió el clérigo.

-No sé a qué se refiere.

-Padre Armand, deje las cosas como están -le solicitó Etienne-. El señor es el nuevo dueño y no le interesan los antecedentes del lugar.

-Claro que me interesan -le corregí yo-. ¿Qué ocurrió aquí?

-Ha de saber -se lanzó el clérigo con ganas- que su casa fue antes un burdel, el más famoso de toda la comarca.

Nada hubiera podido sorprenderme más. Desde luego, yo no había encontrado rastro de su vida anterior entre las paredes. Sin duda, los albañiles y los pintores se habían esmerado en hacer desaparecer las posibles huellas. Pero así y todo, sentí en mi interior un punto de regocijo que evidentemente no podía manifestar a mis interlocutores y también un poco de pena por no poder compartir aquel chisme con Claire. ¡Con lo que a ambos nos gustaban aquella clase de malentendidos! Por alguna razón, la gente suele suponer que los jueces somos gente muy seria y conservadora, pero no era mi caso ni el de mi esposa.

-¿Es eso cierto? -pregunté al jardinero fingiendo una indignación que no sentía en absoluto-. ¿Por qué me lo ocultaría Pierre, el de la agencia?

-Es cierto, sí -reconoció Etienne-, pero ¿qué gana usted con saberlo? De habérselo contado, tal vez no se hubiese decidido a adquirirla. La casa lleva un tiempo a la venta y Ernestine, su antigua dueña y madama de la mansión de los sauces, necesita urgentemente el dinero para acogerse a la residencia de las hermanas clarisas. Por eso no divulgamos los detalles entre los forasteros.

-Se han servido de mí como de un pardillo -me quejé, haciendo ver que me afectaba.

            -No se lo tome así. Hágase a la idea de que ha tomado parte en un acto de caridad -dijo el jardinero-. En el pueblo sentimos afecto por Ernestine.

-Pero no reabrirá usted el negocio, ¿verdad? -insistió el P.Armand.

-No, descuide. Estoy viejo para esas aventuras y dudo que tenga dotes para ello. Lo único que deseo en esta etapa de mi vida es tranquilidad.

Aunque tuviera que mantener mi dignidad en aquel pueblo olvidado de la profunda Francia, un lugar marcado por los convencionalismos y por la tradición, no podía evitar que la situación me divirtiese. A partir de entonces, paseaba por las habitaciones imaginando escenas subidas de color y recreando episodios escabrosos que gratificaban mi soledad de viudo.

Con el tiempo y haciendo ver que la casualidad guiaba mis pasos, conocí a Ernestine, una mujer admirable. Con el dinero que yo pagué por la casa había obtenido una plaza en la residencia de las clarisas, donde vivía sosegadamente, aunque nadie ignoraba que su memoria constituía un nutrido banco de datos. En su casa, ahora la mía, habían tenido lugar encuentros decisivos, se habían cerrado negocios importantes para la economía de toda la región, se habían ganado y perdido pequeñas fortunas en las mesas de juego. Casi se podía afirmar que el comercio carnal se limitaba a ser el broche para sellar otra clase de pactos.

Todo esto me lo fue contando Ernestine poco a poco. Conseguí hacerme su amigo aprovechando la vinculación que nos proporcionaba la casa y me acostumbré a visitarla con asiduidad fingiendo afanes caritativos. Lo cierto es que bajo la palmera del extremo sur del jardín de las clarisas, me sigue refiriendo episodios de lo más jugosos, a los que yo, en mi calidad de juez retirado, veo un montón de posibilidades.

Es cierto que somos dos viejos que nos hacemos compañía, pero lo que no saben los habitantes del enclave provenzal de Saint Paule de Vence es que sus secretos, y por tanto, sus vidas, están en nuestras manos, y que bastaría un leve movimiento de cualquiera de los dos para que la tierra se abriese bajo sus pies, incluso en el caso del Padre Armand, haciéndolos caer en el abismo de la maledicencia.
No creo que jamás nos veamos forzados a hacerlo, pero mientras, me divierto escenificando por las noches en las distintas habitaciones de la casa, los episodios que Ernestine me refiere por las tardes en la residencia y comentando con Claire los aspectos más sabrosos. Creerán que soy un aburrido juez retirado. Que sigan creyéndolo. Esto es mucho más entretenido que mi trabajo en París.

Esther Zorrozua