Poemas y Relatos. Portal de Literatura.



Alfred Nobel


Fallos en el sistema
ÁNGELA VALLVEY



Si tenía que ser sincero, él nunca había pensado seriamente sobre ello. Si hacía un esfuerzo, recordaba con una vaga inquietud algo de sus días de instituto, sus aburridas clases de ciencias, su indiferencia respecto a muchos asuntos que parecían ser esenciales a juicio de sus profesores.

Pero reflexionar, lo que se dice meditar formalmente sobre la cuestión, no lo había hecho nunca. Hasta aquella tarde. La tarde en que pensó, con las mejores palabras del mejor de los lenguajes existentes en el mundo más perfecto posible, unas cuentas cosas. La gravedad, los cuerpos celestes, la rotación de la Tierra, volcanes, meteoritos... Todo eso.

Ah, cielo santo... ¿Dónde se metía Dios, el Dios de Newton que, aunque no hacía mucho por arreglar miserias y el dolor humanos, al menos se dedicaba a reajustar de vez en cuando las órbitas de los planetas y a mantener el sistema, caótico por naturaleza, funcionando correctamente?

Se acordó de repente de asuntos que alguna vez había leído u oído, incluso memorizado sin prestar atención, como se hace con los anuncios de la tele, que todo el mundo cree ignorar hasta que un día se da cuenta de que está tarareando una melodía ridícula en la que se exaltan las benéficas virtudes de una determinada marca de cereales chocolateados.

Primero fue una pequeña sacudida, como un espasmo de impaciencia que no supo en principio se achacar a su propio estado anímico, alterado y nervioso por el cambio de ambiente. Después, un desacompasado vaivén lleno de furia. Una sacudida fuerte que lo agitó como un sonajero en las manos de un bebé monstruoso. ¿Era el impacto de un meteorito, otro como aquél que exterminó a los dinosaurios? ¿O un terremoto? Sí, se trataba de un maldito terremoto, y él no había presenciado ninguno hasta entonces. Habían pasado 10 días desde que llegó a aquella ciudad y ya una sacudida de la Tierra le había dejado el estómago y el espíritu arrasados por el pánico.

Cuando todo pasó, pensó en aquella Ley de la Gravitación Universal que decía que todos los cuerpos celestes están suspendidos en el espacio insondable y se atraen y se repelen unos a otros de manera que mantienen entre ellos un equilibrio estable, o una inestabilidad más o menos estable. No recordaba con exactitud los términos científicos, pero era algo parecido.

Sólo entonces se dio cuenta de que realmente flotamos a la deriva en medio de un espacio indefinible, negro, salvaje e inexplorado. Que ningún gigante o semidiós ciclópeo y ceñudo sujeta la Tierra para que no se caiga, al fin y al cabo. Que estamos suspendidos sobre la oscuridad y algo que parece vacío, pero que es aún más sobrecogedor porque está lleno de todo eso que no conocemos.

Comenzó a sudar como un pobre diablo, inundado de presagios aciagos. ¿Y si la cosa dejaba de funcionar así, de buenas a primeras? ¿Y si el caos llamaba a la puerta de la vida posos minutos después del terremoto? Es más: ¿y si aquel temblor era sólo el principio del fin del Orden Universal? Él era tan ingenuo que, realmente, toda su vida había creído que tal cosa existía. Al fin y al cabo era un joven cónsul, una persona diplomática de oficio y de vocación, cuerda y segura. Pero... ¿y si acababa de presenciar el prolegómeno del derrumbamiento definitivo?

Ah, tembló. Nunca debió salir de Bruselas. Tendría que haber utilizado sus contactos para impedir que lo trasladaran al Nuevo Mundo. Le gustaban más los viejos mundos, decadentes pero aparentemente tranquilos.

Pero nada es eterno: él lo había comprobado hacía unos minutos. Había visto con siniestra claridad cuál era la verdad: ¡estar suspendidos en el vacío!, y estar así, además, en una tierra poco civilizada como aquella.

¡Dios mío! ¿Quién podría sentirse confiado ante la magnitud de aquel horror que era la fragilidad de la existencia? ¿Quién podría vivir tranquilo sabiendo cuál era la espantosa realidad? ¿Cómo sentarse, dormir, hacer un trabajo conociendo aquello? Y sobre todo: ¿hasta cuándo duraría la calma? ¿cuánto tardaría la Tierra en rajarse con un vértigo conmovido y furioso? ¿Hacia arriba o hacia abajo? No lo sabía. Pero quizá caeríamos eternamente hasta ser tragados por uno de esos agujeros negros. O hasta chocar contra el sol. Hasta abrasarnos en el infierno de lo desconocido. O tal vez la antimateria hará añicos el planeta, desperdigándonos en una frialdad hierática por el espacio estelar, como trozos de nada helada y triste vagando por los siglos de los siglos.

¿Cómo vivir, para qué hacerlo, sabiendo todo eso? La posibilidad no es más que la conciencia que presiente lo posible, aunque no sea probable.

Se secó de nuevo el sudor con un grasiento pañuelo y lloriqueó como un niño perdido.

Se oían sirenas y gritos en la calle. Hacía rato que el terremoto había cesado afuera, en la Tierra. Sin embargo, dentro de él, el seísmo de locura y terror no había hecho más que iniciar su ciclo, interminable y vertiginoso.