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Alfred Nobel





 

NOCHE Y MAÑANA
Julián del Casal


Durante la noche del martes último, se ha celebrado la fiesta de Navidad. Nuestra población presentaba un aspecto verdaderamente encantador. Tal parece que, olvidada de su cruenta miseria y des­pierta de su mortal letargo, surgía rejuvenecida ante los ojos, mos­trando el entusiasmo juvenil y la estruendosa animación de pa­sados días.
Los hombres del pueblo, cuyos corazones laten al unísono y cuyos cerebros abrigan las mismas ideas, han sido los héroes de la noche. En el parque central, donde la luz eléctrica difundía sus fulgores; en las calles céntricas, donde las tiendas se hallaban abier­tas y deslumbradoramente engalanadas; en el interior de los cafés, donde el perfume de los manjares y el color de los licores prome­tían la devolución de las fuerzas perdidas; los grupos eran más numerosos, las carcajadas más sonoras y la alegría más comunica­tiva. De cuando en cuando se presenciaban algunas disensiones, camorristas se ponían de pie, se arrojaban los vasos, se cubrían de insultos y hasta se iban a las manos; pero todo se arreglaba de seguida, terminando pacíficamente la querella por medio de frases cambiadas, abrazos fraternales y repetidas libaciones. Entonces re-doblaba el júbilo, resonaban los aplausos y la algarabía era más infernal.
La fiesta más importante de la noche fue la misa del gallo y templo más concurrido el de la Merced. Antes de sonar la pri­mera campanada de las doce, las anchas naves de la aristócrata iglesia estaban invadidas por una muchedumbre abigarrada, mitad creyente y mitad incrédula, que ocupaba los asientos, se apoyaba en los pilares o circulaba impaciente por el interior. De esa masa compacta, luminosa y ondeante brotaba sordo murmullo de voces, entrecortado por la explosión de una carcajada o el silbido de un pito, que hacía volver los ojos y tomar actitudes severas a los en­cargados de mantener el orden y el respeto debidos.
Al fin, empezó la misa. Los sacerdotes, con sus casullas de seda blanca, rameadas de flores y galoneadas de oro, aparecieron en el altar, donde la imagen sagrada, desde el hueco de su nicho mar­móreo envuelta en manto de armiño y aureolada de estrellas, mos­traba su sonrisa virginal y abría amorosamente sus brazos. Largos cirios chisporroteaban en el ara y guirnaldas de rosas esparcían sus perfumes. Los labios sacerdotales prorrumpieron en frases latinas, el órgano estalló en notas armónicas, voces angélicas entonaron los villancicos y el incienso se difundió en azules espirales.
Oída la misa la concurrencia se dispersó por las calles. Las casas estaban interiormente iluminadas. Detrás de los vidrios de las ven­tanas, no empañados por el hálito de la noche, se veían las familias agrupadas a las mesas cubiertas de ricos manjares; se oía la deto­nación de las botellas destapadas, donde espumeaba el rubio cham­pagne; y se percibía el alegre rumor de voces confundidas, entre el chocar de las copas y el sonido argentino de los cubiertos.
Así transcurrió la noche. Las primeras blancuras del alba em­pezaron a disipar las sombras nocturnas. El sol tardó en aparecer, como si hubiera andado de juerga y no hubiera podido desprenderse de sus sábanas de nieblas. Algo tarde mostró su pupila de oro e iluminó la ciudad. Ésta parecía un campo de batalla en el que los combatientes lucharon con botellas, huesos y latas.
Hoy todo ha cambiado. El árbol de Navidad está deshojado y todavía saboreamos sus ricos frutos. El obrero ha vuelto al taller, el dependiente al mostrador, el empleado a la oficina, el periodista a la redacción y el aristócrata a la ciudad. Al sonido de las copas ha sustituido el golpe del martillo. A los templos en que se reza, los talleres en que se trabaja. Al humo de los incensarios, el humo de las chimeneas. A la noche, el día. ¡A la ilusión, la realidad!

HERNANI
La Discusión, 26 de diciembre de 1889.