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Alfred Nobel

LA FOTO

¡Ay, que me duele el alma!
Por eso grito en este espacio tan vacuo. El dolor es insufrible, por eso grito con la boca seca; si es que consigo proferir sonido. Mi pena ya no es ni pena, por eso grito, si es que consigo articular palabra, al viento que desee cargar con mi su-frimiento. Miro mis piernas: ya no son tales. El pellejo pende de los huesos de ellas como redes de pescadores desmontadas, listas para el remiendo. Mis ma-nos, no me las veo. La cabeza no me responde a la orden de elevarse, de superar esta languidez que deforma mi cuello hasta el ángulo recto. Mis manos, con las que hace demasiado tiempo (quizá tres horas) intentaba espantar el macabro pa-jarraco que me observa desde la distancia ¿esperando qué?, no me las veo. Mis ojos se encuentran cegados por esta persistente patina gris que opaca mi mirar, que difumina a ratos (gracias a ¿Dios?) la malcarada silueta del pajarote horren-do que me mira sin tregua. La garganta la siento atravesada, como un acerico, por mil agujas de cristal helado y la nariz ya hace demasiado tiempo (tal vez tres horas) que no me gotea.
Me preocupa mi mamá, que andará buscándome de rama en rama, como cuan-do huía de su compañía con mis hermanos mayores, y seguro estoy que el llanto no tardará en hacer acto de presencia en sus bellos ojos, cansados de otear el ho-rizonte esperando el regreso de mi padre. Por esa sencilla razón más que por otra es que me sufre el alma. Conmiseración.
¡Ay, que me duele la tierra!
Seca, rajada, deforme, en perenne deceso, gracias en parte a mí: no la supe cuidar. Áspera bajo mi cuerpo sentado en medio de nada, se rebela ahora por el cariño que sabe no le di; me lo echa en cara, me restriega su miseria por el alma desanimada, mi alma exhausta, mi alma exangüe. Siquiera haciendo fuerza con-seguiría ofrecerle una mísera gota de liquido de mi agónico cuerpo, nunca estu-vimos a bien ella y yo, y así me lo devuelve: atenazando mis carnes, impidién-dome el movimiento, consiguiendo que no me levante de ella, extrayendo raíces de mi corazón al objeto de consumar nuestra unión de una maldita vez por todas. Tierra somos.
Dura; inaccesible a mí, inamovible. Orgullosa tierra baldía que día a día me ofreciste lo peor de ti, tus peores rictus de infortunio. Poco queda para que me reúna nuevamente contigo. Y el pertinaz vigilante plumífero acechando mi cada vez más hundida existencia.
¡Ay, que me duele la vida!
El sol abrasa mi piel, lo noto porque el agua hace ya rato que dejó de refres-cármela; ha tiempo que se secó mi dermis (¿tres largas horas?), y no veo la for-ma de aliviar esta quemazón malsana. Por la posición de mi cuello adivino que dentro de poco tocaré con las rodillas en la frente, quizá así descanse mi lasti-mada columna. ¡Maldita ave de rapiña! ¡Ves a hurgar en otro nido, ladrona, que aquí nada has de conseguir! Mi mamá no tardará nada en encontrarme... si me halla. Pero...
Un momento... oigo pasos... por fin... me ha encontrado. ¡Mamá, mamita, es-toy aquí! No, no es mi mamá, pero... ¿quién es y qué quiere? Me ayudará a salir de aquí, seguro. En cuanto descubra lo débil que me siento me cargará en sus brazos y me llevará con mi mamá. ¡Tanto tiempo esperando y ahora siento mie-do! Acércate, vamos, quien quiera que seas. Aproxímate y mírame bien, sólo soy un niño desvalido, cansado de no comer, harto de vivir esta vida ingrata que me ha tocado, pero... deseo vivirla.
¡Ayúdame, por el amor de ¿Dios?! Estoy... cansado... de esperar... una mano amiga... ¡Tiéndemela! Ya no tengo sed... sólo quiero... tu mano...
¿Qué haces, qué es eso que coges con tus manos... eso que cuelga de tu cuello? ¡Ah, una cámara de fotos! ¿Crees que es momento de hacerme fotos, justamente ahora? Pobre imbécil, mal momento eliges para hacerme un retrato. ¿Cómo he de mirar al pajarito, si no soy capaz de mover una ceja?
Y el malhadado buitre observándome, esperando que cierre los ojos para abalanzarse sobre mí...
¡Ay, que me duele el mundo!

Joseph Mask