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Alfred Nobel



UN TAL GORDO MIRUS


Manejando a la máxima velocidad, el gordo Mirus se había convertido en el terror de los pequeños. Su falta de amor por los niños se le recrudeció una mañana del Día del Niño, cuando en el taller de mecánica de su padre le cambiaba la llanta al bus que llevaba unos escolares de paseo y, de repente, uno de los niños vomitó por la ventanilla situada precisamente encima de la llanta averiada; y al verse untado de merienda el gordo Mirus también se dio a vomitar.

Si bien de milagro no murió ninguno de los tres niños que en distintas circunstancias terminaron bajo las ruedas de su automotor, tendrían que soportar secuelas de por vida.

-¡El niño se atravesó!

-era la disculpa que el gordo Mirus les esgrimía a las autoridades, con el apoyo del viejo Cirilo, su padre.
Con sus manazas de uñas negras sobre el volante, vistiendo un overol caqui engrasado, el dulceabrigo rojo amarrado al cuello y una gorra azul, manejaba a toda velocidad el campero verde, descarpado y destartalado como su padre. Y a su lado el viejo Cirilo, siempre a su lado.

Ese padre que cuando Mirus era vivido por su infancia (desde entonces le ayudaba en el taller de mecánica) lo llevaba sentado sobre sus piernas a dar paseos en el campero y le enseñaba a manipular el volante, mientras el niño hacía los cambios, frenaba o aceleraba. Pero sobretodo aceleraba.

-Mira, hijo -le dijo en una ocasión en que conducían por la Calle del Madroño-. El mundo cambia velozmente y cada día se vuelve más complejo.

-¿Qué es complejo? -preguntó el niño.

-Quiero decir... mmmh... complicado, esa es la palabra-. Una mariposa de alas azules aleteó contra el parabrisas y el Cirilo aprovechó para decirle: -¿Viste la mariposa? (el niño dijo "sí" con la cabeza). La mariposa es el símbolo del cambio, de la transformación. En un comienzo ella es como un gusanillo, pasa de oruga a crisálida y de crisálida se convierte en mariposa al salir de su capullo.

El niño, concentrado en el volante, apenas sí escuchaba. El Cirilo prosiguió:
-En la vida necesitamos de cambios rápidos. ¡Así! -y aceleró el campero verde. El pequeño, feliz, hacía rumbidos con la boca imitando el ruido del carro.
Desde antes de ser mayor de edad, el gordo Mirus manejaba con autonomía. Si por exceso de velocidad, o por subirse a los andenes y arrastrar con las canecas de la basura, o luego de llevarse por delante un puesto de frutas en la plaza de mercado, era detenido por el tráfico de policía que le pedía el pase, bastaba con ofrecerle un servicio gratuito en el taller de mecánica de su padre a cambio de que no lo informara.
Más de una vez por día salía del taller con su overol caqui, en compañía del viejo Cirilo, para prestar servicios en desvare de carros. Nunca se le veía transitando a pie. Ya desvencijado por el paso implacable y arrasador de los años, los reflejos del Cirilo no le permitían conducir con suficiente habilidad. El gordo Mirus transitaba a mil por las calles en que vivían las muchachas amadas por él sin que ellas lo supieran.

Si el calor derretía se enjugaba con el dulceabrigo rojo su cara perlada de sudor y con la otra mano seguía manejando.
Conducir le traía recuerdos de la niñez: al acercarse la Navidad le preguntaban qué le estaba pidiendo al Niño Dios y su respuesta siempre era la misma: "Un carro". Cuando le interrogaban qué le gustaría ser cuando fuera grande, contestaba:

"Chofer de un bus de escalera". "Pero un bus de escalera anda muy despacio", le decía el papá. "Entonces de una escalera, no. Mejor quiero ser chofer de un carro que ande a toda velocidad", decía el pequeño. "Así se habla, mijo", le decía el Cirilo. Otro recuerdo de infancia se llenaba de calles inundadas por la lluvia, el papá hundiendo con más ímpetu el acelerador para chapucear a los peatones que, de inmediato, tenían que volver a sus casas a cambiarse de ropa.

La tercera vez en que atropelló a un menor, el gordo Mirus manejaba por la Calle del Guanábano mientras devoraba una caspiroleta. El niño quedó tendido sobre el pavimento y el gordo Mirus huyó aterrorizado. Una patrulla de policía comenzó a perseguirlo por las calles de La Felicia. En las afueras del pueblo el gordo Mirus cruzó en su campero por un puente, luego atravesó un túnel de piedra y fue a esconderse entre los nogales que le hacían reverencia al río. Presa de los nervios no pudo controlar la dirección, se salió de la carretera y chocó violentamente contra una ceiba de cuyas ramas espantó una bandada de pájaros migratorios. Tuvo que pagar un carcelazo de varios meses y no veía la hora de salir de la celda de ladrillo de muros húmedos, conseguir otro carro y conducir de nuevo a toda velocidad.

La novia, una campesina de mejillas rosadas, flaca y atolondrada, a quien llamaban "Melindres", lo visitaba en la cárcel los días domingos. Mirus recobró su libertad y fijaron matrimonio para una semana después. En la ceremonia Ángel Custodio les dio la bendición declarándolos marido y mujer.
Los novios salieron al atrio y le voleaban la mano a una aglomeración de curiosos. Montaron sobre un campero rojo sin carpa que uno de los clientes del gordo Mirus había dejado en el taller para que fuera revisado, alineado y galvanizado, y así ponerlo en venta. El gordo Mirus, de vestido negro, y Melindres, vestida de blanco y llevando una corona de azahares en su pelo crespo, circulaban por las calles de La Felicia como dos personajes de la presidencia, sin la menor sospecha del dueño del carro.

Mientras el sacristán hacía sonar las campanas, el gordo Mirus tocaba permanentemente el pito del carro para llamar la atención de los pobladores, que los saludaban con la mano y los vitoreaban.

Fue la única vez en que lo vieron manejando despacio. Al fin y al cabo, era la luna de miel. El primer hijo nació seis meses después. Durante cinco años el gordo Mirus tuvo que abstenerse de la velocidad como si se privara de una droga, salvo cuando sin el consentimiento de los clientes manejaba los carros que le llevaban al taller para su reparación.

Un día en que las nubes se desplazaban con rapidez como inmensos algodones, amparándose en sus servicios prestados como mecánico se decidió a pedir dinero en el pueblo con el argumento de darle sepultura a su hijo.
-¿Y de qué murió su niño? -preguntaban acongojados.

-¡Lo atropelló un carro esta mañana! -mentía con lágrimas que rodaban por sus mejillas abotagadas y que secaba con el sucio dulceabrigo rojo que siempre llevaba atado al cuello.

Así fue como el gordo Mirus reunió en pocos días varios millones de pesos. Le mostró a su familia el campero rojo que utilizó el día de su matrimonio y ya había pasado por tres dueños, aunque no estaba tan destartalado como el que le perteneció a su padre durante treinta años. Rato después lo sacó del garaje para mostrar su nueva adquisición por las calles del pueblo. Se escuchó un aceleramiento y un golpe seco.

El gordo Mirus se apeó apresuradamente del campero y vio a su pequeño hijo mortalmente tendido sobre la acera.

Rubén López



 

 

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