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Alfred Nobel


 

Un Ángel que Duerme en las Aceras.-

La vida nunca había sido fácil para él, se había convertido en un transcurrir del tiempo lento y cruel. La vida se había convertido en una carga difícil de llevar pese a gran fortaleza que se tuviese.

El gran mar de transeúntes que discurría por la calle se abría, como Moisés abrió el Mar Rojo, evitando toparse con un pordiosero, a sus ojos, sentado en mitad de la acera.

La gente lo miraban con repugnancia y desprecio, niños y jóvenes se reían a su paso, madres cruzaban con sus niños de acera. Sentado en la acera, rechazado por la sociedad, visto con unos ojos que no eran capaces de comprender que cualquier día podrían ser ellos los que ocupasen su lugar.

Su corazón lloraba de tristeza. Pena y pesar se habían apoderado de su alma sumiéndola en un dolor que lo devoraba desde lo más profundo. Dos gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas, cubiertas por una espesa barba.

Sus ojos cerrados, evitando mirar su propio reflejo en los ojos de los demás, siendo incapaz de aguantar la visión que tenían de él, miraban un tiempo futuro en el que aquel tormento perpetuo no fuera más que pesadillas de un pasado borroso en la memoria y en el corazón.

Los días eran agujas clavadas en su paciencia, únicamente soportables por una férrea fe en un futuro mejor, en un paraíso prometido. Los transeúntes siempre lo evitaban como si su desgracia fuese contagiosa, cerrándole así puertas de esperanza para poder vivir el día a día.

Tras el paso de los años se había convencido de que su situación no era más que el resultado de un castigo divino, un tormento que era menester sufrir para redimirse. Sin embargo, algo en su corazón le decía que aquello no era más que un tránsito y no un castigo, que su lugar no era aquel sino que un día llegó de otro lugar y allí se quedó, durmiendo en las aceras. Era como si sus alas se hubieran caído y no recordase quien era ni de dónde venía.

Al anochecer en su nube de cartón, incontables lágrimas derramaba de tristeza y soledad, nada comprendía, no encontraba un por qué, no hallaba nada a lo que aferrarse para continuar su deambular. El dolor y la amargura se extendían como un implacable cáncer maligno, devorándole las entrañas y sumiéndolo poco a poco en un pozo al cual no entraba luz alguna, un abismo de muerte y olvido que lo llamaba con su embelesada voz en un susurro irresistiblemente tentador.

Aquella noche, en la que su espíritu flaqueaba, era fría e inhóspita. Un viento helado y cruel soplaba a través de las calles, amenazando con disipar en jirones aquella nube de cartón inestable y precaria. Una maldad arremetía contra aquel islote, lleno de sueños perdidos, hasta que terminó por ceder y precipitarse los jirones de nube arrastrados por el frío viento.

Su corazón latía cada vez más débilmente retando, tímidamente, el silencio interior de su alma congelada. El viento paró dejando nada más que silencio, congelando aquel instante con su frío mortal. La noche pasó y el sol derramó sus cálidos rayos sobre el callejón, cubierto de pedazos de lo que había sido una nube de cartón de un pequeño ángel que cada noche, tras caer el sol dormía en las aceras. No había rastro de lo que había sido de él, el viento se había llevado los últimos suspiros de un alma que regresaba al lugar del que provenía, arrastrando aquella última chispa de vida consigo hasta la eternidad.

David Manuel Alcalá Martínez


 

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