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Alfred Nobel


 

Un Ángel Pétreo.-

La figura dominaba toda la habitación. Su tamaño aunque no muy grande indicaba majestuosidad en su talla. Desde lejos no es fácilmente distinguible la figura en sí sino que más bien se asemeja a un gran bloque de piedra de forma indefinida, grotesco en todo su esplendor.

Tallada en una piedra de un blanco purísimo e inmaculado, irradiante de una luminosidad cegadora para casi cualquier humano. Conforme uno se acerca, la forma grotesca e indefinida da paso a una divina talla angelical con sus alas desplegadas en una visión gloriosa de algo divino que tan lejos esta de nuestro alcance.
Una figura agachada sobre una de sus rodillas con su bello rostro vuelto hacia el cielo, buscando a un padre bienamado, con una mano sobre su puro corazón. El material con el que está hecho la talla pretende imitar la luminosidad de la que están hechos aquellos ángeles que caminan entre los hombres, bajados del cielo para pasearse junto a sus hermanos en un mundo material.

La talla representaba a un hombre en una posición tan natural que no parecía una escultura, era como si un ser vivo hubiese sido aprisionado dentro de la fría roca, latiendo una pequeña chispa aún en su interior. Una chispa que perdura tras tiempo inmemorial.
Su rostro joven, lleno de una dulzura inusual, carente de las marcas de la vida humana y de sus penas y calamidades, ni una arruga cruzando ese rostro tan vivo y tan expresivo. En sus ojos, reflejada tristeza tan real que da la impresión de que en cualquier momento unas pequeñas lágrimas se van a escapar corriendo por las mejillas.

Su cabello corto acentúa la impresión de juventud de la persona representada, junto a la viveza y fuerza expresiva de su cuerpo, glorioso en el culmen de su esplendor. Unos músculos relajados pero a su vez provistos de una energía a punto de estallar, en un movimiento congelado por esa prisión pétrea. Vestido con unos ropajes poco vistosos los cuales no desmerecen la imagen de devoción ferviente hacia un padre divino, hacia el que va dirigida su mirada. Cada pliegue de la ropa, es un volumen tan real que parece que sus ropajes son mecidos por un viento proveniente de más allá del tiempo y del espacio.

Una hermosa alabanza parece flotar en el aire en torno al ángel caído entre los hombres, suplicante con añoranza de aquel reino de luz del que proviene, una angustiada petición de amor para unos hijos que han olvidado lo que es amar.

David Manuel Alcalá Martínez

 

 

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