Poemas y Relatos. Portal de Literatura.



Alfred Nobel

LA CASA EN EL HORIZONTE

A tan sólo unos centímetros frente a él, una puerta metálica obstaculizaba su camino. Un giro de muñeca en el tirador y se encontraría con el último tramo del pasillo. Abrió la puerta con decisión, tras ella, se encontraba el depósito del gas licuado de la calefacción y, al lado, la salida del recinto que daba paso al exterior.
La fuga pudo perpetrarse gracias al dinero, fruto de la estafa realizada a las arcas del banco y, a la fácilmente, tentadora corrupción de los funcionarios de la prisión, faltos todos ellos de ética.
Los vigilantes habían cumplido su palabra facilitando la huida, siendo ésta, generosamente sufragada a base de talonario. A cambio, se comprometieron a mantener, por unos minutos, las puertas abiertas y el sistema de alarma desconectado.
Llegó al umbral del pasillo donde terminaba su recorrido dentro del recinto, ahora debía aventurarse fuera. Para evitar ser visto, quedó arrimado a la pared del muro como si fuese una piel adherida al mismo. Inquieto, observaba vigilante hacia ambos lados, preparándose para reaccionar ante cualquier aparición repentina. De cualquier modo, era necesario aguardar a que los focos, en su continuo y lento balanceo, alumbrasen en otra dirección ofreciéndole casi medio minuto de negra y valiosa oscuridad, cómplice imprescindible para alejarse rápidamente del muro alcanzando la anhelada libertad.
Aguardó durante unos instantes de tensa espera. La blanca y concentrada luz iluminaba la franja de terreno más próxima. Su escapada dependía del éxito en cruzar ese pequeño trozo de campo despejado de vegetación en el cual, no había escondrijo posible en el que ocultarse. Transcurridos unos minutos, las sirenas anunciarían su fuga; el tiempo era un bien preciado y limitado, no podía desperdiciar ni un segundo en llegar a su meta. Impaciente y con la sola compañía de su ansiedad y su miedo, observó el lento avance del haz y cuando éste, por fin, hubo pasado de largo, corrió, corrió velozmente todo lo que sus piernas pudieron dar de sí, sin detenerse, sin dudar. Mientras avanzaba, en su mente una voz no dejaba de animarle: "Corre, más rápido, no mires atrás, un poco más".
Fracasaría si dejaba de alcanzar la vaguada situada al final del llano. ¡Era imprescindible!. Este accidente del terreno lo ocultaría evitando que las luces, en su barrido, cazaran su fantasmal figura durante la fugaz carrera.
¡Sí!. ¡Sí!. ¡Bien!. ¡Lo consiguió a tiempo!.
Mientras, su corazón estaba a punto de salirse de su pecho; entre jadeos, se enorgullecía victorioso mirando hacia el muro, allá, oculto por el montículo, asomando siquiera los ojos a media altura por temor a ser descubierto. Sabiéndose a salvo, sonreía con satisfacción y triunfalismo.
El resto de los pasos estaban planeados. En las cercanías, le esperaba un colega suyo, con un coche, presto para alejarlo definitivamente del recinto del presidio salvaguardándolo de sus posibles perseguidores. Cambió de dirección y, medio agachado, se dirigió a la carretera.

Al llegar al punto de encuentro no halló a nadie. ¿Dónde está?, se preguntaba nervioso intentando descubrir el vehículo en la oscuridad. ¡Él no le podía fallar!. Estaba seguro que en cualquier instante aparecerían las luces del vehículo, pero…, ¿dónde diablos se había metido?. Minuto arriba, minuto abajo, era la hora fijada. ¿En qué estaría pensando el conductor para no hacer parpadear las luces?. Ésa fue la señal convenida durante su conversación en el locutorio de visitas. No era posible que con la hora que era, no hubiese llegado. Las instrucciones fueron claras y, el plan, preparado en detalle. ¡Era increíble que no estuviese aquí!.
Totalmente perplejo y decepcionado, observó lenta y atentamente en ambos sentidos del tramo asfaltado, forzando sus pupilas para que fuesen capaces de captar cualquier brillo, cualquier reflejo, cualquier silueta o contorno que le indicase que el coche estaba allí estacionado. Incapaz de vislumbrar nada a su alrededor, prestó atención a sus oídos, girando lentamente la cabeza, en un intento por detectar cualquier sonido que le evidenciase la aproximación de un vehículo. Únicamente consiguió escuchar el fuerte latido de su corazón, acompañado rítmicamente por su respirar rápido y fatigoso que se aceleraba, por momentos, ante el absoluto convencimiento de encontrarse solo y desamparado.
Se acurrucó quedando agazapado y escondido con la ayuda de la noche, soportando una tensa espera forzosamente prolongada. La cuneta no era un buen lugar donde permanecer por mucho más tiempo. Era ridículo haber corrido el riesgo de llegar hasta allí para no continuar con su huida, no existía la posibilidad de una vuelta atrás.
De repente, comenzaron a sonar las alarmas a lo largo del recinto penitenciario. El estridente ruido quebró la quietud y el silencio de la noche concluyendo, de esta forma, el periodo de gracia. Los focos interiores y exteriores se encendieron al unísono en un derroche, tan pomposo como innecesario, de luz.
Gente en movimiento, voces dando órdenes, luces en rápido y continuo balanceo escrutando cada palmo del terreno adyacente al recinto. ¡Pronto saldrían en su persecución!.
El escandaloso despertar de sus perseguidores forzaba la necesidad de moverse, la pregunta era hacia dónde ir. Recordaba que desde la minúscula ventanilla de su celda, por entre los huecos de los barrotes, observando en dirección a la vaguada, allá, a lo lejos en el horizonte, se podía divisar parte del tejado de una granja o casa de campo. Sabía que yendo, más o menos, recto desde el punto en el cual se hallaba, terminaría encontrándola. No obstante, necesitaba orientarse bien, con garantías suficientes de no perderse, antes de lanzarse al encuentro de aquel lugar.
Observó atentamente la posición relativa de la pared de las celdas y del límite de los muros. Finalmente, con la dirección clara, comenzó a correr hacia donde sospechaba que se encontraba la casa.
Jamás le gustaron las decisiones precipitadas de último momento. La improvisación era un recurso propio de ineptos; él siempre mantenía las cosas bajo control, sin sorpresas ni sobresaltos y hoy, uno de los hitos más significativos de toda su vida, se había trastocado en una gran chapuza simplemente, por no considerar un nimio detalle: la estupidez inherente en algunos seres humanos y, en el caso de su colega, era un digno representante de dicha cualidad.
En su avance, volvía de vez en cuando la mirada hacia atrás, sólo para asegurarse que nadie le perseguía y que no habían soltado a los perros de presa.
En más de una ocasión, le tocó dar de comer a estas bestias en su propio cubil, uno separado, especialmente construido para albergar a estos bichos que fueron adiestrados para dar caza y matar a los presos.
Las casetas se encontraban un poco apartadas de los otros edificios, aislados dentro de un recinto metálico vallado. El aspecto fiero y la voracidad de estos perros le impresionaba. Estos ejemplares, daban muestras de su agresividad con tan sólo acercarse a ellos. Estaban especialmente entrenados para ello. Le infundían mucho respeto y, ahora, podrían ser soltados con el único propósito de darle caza.
Su distancia se incrementaba paulatinamente. No se vislumbraba rastro de sus perseguidores ni tampoco del añorado su medio de transporte. ¿Qué habría realmente pasado?…, tal vez, una confusión en la hora o en el día. ¡Inexplicable!.
Llevaba unos minutos corriendo suavemente, cuando decidió aflojar el ritmo y caminar a paso ligero durante un rato; la situación requería ir dosificando las fuerzas, su respiración agitada y nerviosa, no era capaz de suministrar todo el oxígeno necesario a sus pulmones, el cansancio y la tensión acumulada hacían mella en su organismo.
Posiblemente, nadie sospechase que andaba deambulando desorientado por las cercanías de la prisión. Nadie sería tan inconsciente como para, ni siquiera, imaginárselo y considerarlo como una posibilidad factible. Este pensamiento le infundió un soplo de sosiego y tranquilidad.
El inesperado contratiempo de la desaparición de su contacto, trastocaba todos sus planes. Sería en vano cualquier esfuerzo por llegar muy lejos con el uniforme de preso, sin dinero, sin documentación y sin medio de locomoción. Puede que la casa le brindase la posibilidad de aprovisionarse de todo lo necesario para su camino. Ojalá no hubiese ocupantes morando en ella, eso facilitaría las cosas.
El esfuerzo realizado era superior de lo que imaginó en un principio, se sentía fatigado. La distancia, al ser recorrida siempre resulta superior a lo que se llega a estimar a simple vista. Nunca había supuesto nada de esto en su plan de fuga, tampoco estaba física ni emocionalmente preparado para llevar a cabo una larga escapada a pie.
Miró de nuevo hacia la prisión, daba la impresión que nadie continuaba patrullando en su búsqueda por las inmediaciones; los funcionarios sólo examinaron con precipitación los alrededores del recinto desapareciendo sin más. ¡Ja, ja!. ¡Inútiles!. Nunca se imaginarían que se encontraba tan próximo a ellos.
Beneficiándose del resguardo que le proporcionaban un grupo de matorrales, se sentó en el suelo eludiendo una suave brisa helada que se había levantado. Allí, inmóvil y sudoroso, contemplando el cielo estrellado, sintió frío; la noche refrescaba y la ropa de preso no era la más adecuada para abrigarle protegiéndole de la humedad y de la bajada de temperatura.
A lo lejos, observó como se aproximaban luces de vehículos procedentes de la cuidad y que se dirigían hacia la prisión. A aquellas horas de la noche, sólo podía tratarse de refuerzos. La situación iba empeorándose por momentos. La sola visión del convoy fue un certero y eficaz estímulo para obligarle a incorporarse y seguir andando.
Al subir un pequeño montículo, se giró echando una mirada a la carretera, los vehículos se detuvieron antes de llegar a la cárcel; con sus luces iluminaban un coche estacionado en la cuneta, a unos treinta o cuarenta metros del punto donde él estuvo aguardando pacientemente. Con total seguridad, era su enlace, ¿cómo ambos habían llegado hasta tal extremo de desentendimiento, cometiendo un fallo tan elemental de sincronismo?. ¡Era increíble!. Por tan sólo unos cuantos metros, no fueron capaces de encontrarse; todo, por culpa de aquel idiota de sesos resecos. Le estaría bien empleado cualquier cosa que le pasase, aquel muchacho poseía un queso por cerebro.
A estas alturas, después de interrogar al trozo de carne de su colega, sus perseguidores sabrían que él no pudo alejarse demasiado porque carecía de transporte. Así pues, debía apresurarse y moverse con la mayor celeridad posible, el cerco se cerraría con rapidez alrededor de él. ¡Comenzaba el juego!. ¡Él era el premio de tan singular cacería!.
Supuso que, si no había cometido un error a la hora de elegir su rumbo, la casa debía estar bien cerca, quizás a menos de doscientos metros de allí, pero en la oscuridad era muy difícil identificar su contorno y estar seguro de su suposición.
Mantuvo la dirección elegida. Al poco, al costado suyo, algo le llamó la atención, fue un simple ruido, un leve chasquido, ¿qué fue aquello?. Se paró en seco y escuchó atentamente los sonidos de la noche. Fuese lo que fuese, también se detuvo. Giró bruscamente en dirección al punto del cual provenían los ruidos. Sus miradas se encontraron. El corazón le dio un vuelco sobresaltándose. No podía apreciar claramente que era, parecía un animal grande, como un dogo, pero no se distinguían las orejas ni el rabo. Su silueta dejaba entrever su extrema delgadez, realmente escuálido.
No mostraba una actitud agresiva, tampoco parecía que fuese a atacarle. Debía de ser el perro de la casa, dedujo el hombre sin gran confianza en su suposición. Posiblemente, ya se encontrase muy cerca de ella, aquello podría ser un buen presagio aunque siempre cabría la posibilidad que fuese un animal vagabundo que merodease por aquellos parajes.
Sin prestarle más atención, prosiguió con su marcha. Aquel animal avanzaba en paralelo a él; no obstante, lo hacía manteniendo constantemente los metros que les separaban a ambos.
Se movía de una forma rara, un poco peculiar, como si tuviese algún problema en las patas traseras. El lomo del animal quedaba extrañamente curvado hacia dentro, creando una figura un tanto grotesca al caminar. Diría que aquel animal, en algún momento de su vida, habría sufrido un accidente quedándole, como secuelas, esos problemas de locomoción tan visibles.
Anduvieron juntos por unos minutos y, al final, pudo distinguir, a la derecha, la casa. Por suerte, giró la mirada en el momento preciso en que ésta, iba a salir de su campo de visión, casi la sobrepasa perdiendo definitivamente su pista.
Se aproximaría a la vivienda sin hacer ruido, para ello, sería prudente alejar al perro antes que éste, se pusiese a ladrar y delatara su presencia. Se giró hacia el animal en silencio, moviendo los brazos en forma de aspas para espantarlo. Éste se quedó inmóvil, mirando al hombre, sin entender nada
En el momento en que el hombre se giraba para avanzar de nuevo, el animal volvía a seguirle manteniendo las distancias. Adoptaba la misma actitud que las hienas cuando acosan a los leones para robarles parte de su botín, sólo huyen mientras les persiguen en su carrera, para inmediatamente, volver.
En vista que los gestos no sirvieron de nada, le lanzó seguidamente un par de piedras sin intención de darle ni de herirle. El ruido al chocar contra el suelo ahuyentó definitivamente al animal desistiendo en su actitud. Él no se iba a aproximar más a aquel perro, era demasiado grande como para no respetarlo.
Llegó hasta la casa moviéndose sigilosamente, toda precaución era poca. Dio una vuelta alrededor de la vivienda con la esperanza de encontrar algún tendedero con ropa secándose. Fue en vano, no había nada colgado, esto sólo ocurría en las películas.
El coche que halló, estaba cerrado con llave. Al menos, el reconocimiento le sirvió para descubrir una puerta trasera que permitía entrar en la cocina directamente desde el exterior. Fue hacia ella con el firme propósito de forzarla; para su mayor sorpresa, la llave no estaba echada, con un simple giro del pomo, la puerta se abrió.
Entró a tientas, aunque sus pupilas, tras llevar toda la noche a oscuras, eran capaces de distinguir los contornos de los muebles y enseres.
Abrió el refrigerador en busca de algún que otro alimento, debía aprovisionarse para el siguiente día. Destapó una lata de cerveza fresca, bebiendo un largo y continuado trago. Estaba sediento, la caminata y la ansiedad le habían secado la boca. Dejó la portezuela del refrigerador abierta a fin de iluminar tenuemente la cocina con su luz interior, facilitándole la localización de las cosas. Una bolsa de plástico, pan, queso, una botella de agua y un cuchillo, liviano equipaje.
Encontró ropa amontonada, se acercó a ella y la olió… ¡Estupendo!. Despedía un fresco olor a detergente, olor a limpio y estaba seca. Posiblemente, fuese un montón pendiente de planchar. Tomaría algo para abrigarse y, más adelante, cuando amaneciese, se desharía del llamativo traje de presidiario.
No buscaría más. No correría el riesgo de ir mirando, sin sentido, por el interior de la vivienda, para hurgar en los armarios y despertar, con ruidos innecesarios, a los durmientes y confiados moradores.
Habiéndose apropiado de la necesaria comida y de ropa, llegó el momento de abandonar el lugar en silencio.
¡Tlank! ¡Clank!. ¡Maldita lata!.
La lata de cerveza armó un gran estruendo al caer al suelo.
El preso quedó inmóvil, con los oídos atentos a cualquier posible ruido procedente del resto de la casa. ¿Le habría escuchado alguien?. Ojalá nadie le hubiese oído, no quería problemas. ¡Ya se iba!. Él sólo quería marcharse de allí, sin ningún inoportuno encuentro, sin ningún tropiezo.
Se escuchó un tenue clic-clic, débiles rayos de luz procedentes de otra habitación le pusieron en guardia, alguien se aproximaba. Se escondió como pudo. Quería evitar el enfrentamiento a toda costa, no estaba allí para hacerle daño a nadie; nunca fue valiente, sólo era un estafador que había dado un buen golpe en una cuenta suculenta. Su mala fortuna le arrastró al presidio, privándole de la libertad para disfrutar de su botín y nada más. Su carrera delictiva se limitaba únicamente a eso, no poseía más méritos como delincuente y, por principios éticos, estaba reñido con la violencia.
Por favor, Dios, haz que se vuelva a la cama, suplicaba humildemente el preso desde su rincón. Cerró los ojos en un intento por desvanecer la situación, por evaporarse de allí. No fue así, continuaron los ruidos, cada vez más próximos, evidenciándole el avance de alguien, que mejor sería que no estuviese allí, de alguien, que se iba a jugar el tipo por defender una camisa, un pantalón, un trozo de pan y otro de queso. Dios, haz que se vuelva a la cama, imploró desde su rincón.
De repente, la puerta se abrió y la luz de la cocina se encendió de golpe poniéndole totalmente en evidencia. Se perdió cualquier escondrijo posible, sólo existía una posibilidad, huir.
Echó a correr destartaladamente, pero tropezó con torpeza con la pata de la mesa. Aterrizó estrepitosamente con sus huesos en el suelo. El contenido de la bolsa de plástico se desparramó por el suelo.
Caído como estaba, sólo acertó a distinguir un pantalón de pijama blanco con finas líneas rectas de color verde oliva y unas zapatillas de hombre de color azul con un escudo raro bordado en el empeine. Inmediatamente, comenzó a sentir el dolor de los golpes que le propinaba su agresor en las piernas y la espalda, arremetía contra él con furia provisto de un palo grueso o un bate. A la vez, le profería insultos a gritos.
Intentaba protegerse, pero era en vano. Como respuesta al ataque y en un acto reflejo, el preso agarró el cuchillo que había caído muy cerca de su rostro y, de un certero giro, lo clavó en el gemelo de aquel hombre. El habitante de la casa gritó desgarradamente a causa del punzante dolor en su pierna e, instintivamente, se retiró hacia otras estancias de la vivienda, proporcionando un momento de respiro al prófugo.
El preso consiguió incorporarse torpemente. Le dolía mucho un tobillo, posiblemente, se lo torció cuando cayó. Además, la caída también le produjo un profundo corte en la ceja que no paraba de sangrar copiosamente.
Utilizó la camisa para presionar sobre la brecha abierta e intentar que parase la hemorragia. El pie lastimado no podía ser apoyado por completo en el suelo, lo que le impedía correr, pero esto no fue óbice para emprender una dolorosa y desesperada huida antes que su atacante volviese de nuevo.
Él no quería hacer daño a nadie, pero en la vida, hay momentos en que las cosas más simples se convierten en dilemas de supervivencia; éste había sido uno de esos casos y, puestos a escoger, no había duda en la elección.
Quería correr pero no podía, cojeaba penosamente por culpa de aquel maldito encuentro. Salió al exterior, anduvo unos diez o quince metros cuando alguien, a su espalda, le gritó que se detuviese bajo la amenaza de dispararle.
Así lo hizo, se detuvo y giró lentamente, intentando no poner nervioso a su atacante. Cuando lo tuvo en su campo de visión, pudo comprobar que era la misma persona con la que se encontró en la casa. La pierna le sangraba copiosamente y no parecía que mintiese acerca de su advertencia. Éste poseía una escopeta de caza entre sus manos y apuntaba directamente hacia él.
El preso en su miedo, no albergaba la intención de realizar ningún movimiento extraño para inquietar a aquel hombre porque, con toda seguridad, lo pagaría caro. Aquel individuo tenía miedo también, se podía apreciar en su rostro y en sus ojos, sólo estaba esperando poseer una excusa, un motivo, para accionar el gatillo y abatirlo sin remordimientos de conciencia.
En ese momento, como surgido del manto negro de la noche, una sombra saltó desde la oscuridad abalanzándose sobre el hombre armado. El fuerte impacto lo derribó y el arma realizó un disparo al aire. Comenzó entonces una lucha encarnizada entre el hombre y aquel ser. Oportuno instante de confusión que fue aprovechado por el preso para huir del lugar.
El sonido del disparo habría alertado a todos sus perseguidores, sus esperanzas de éxito prácticamente se desvanecieron casi por completo.
Transcurrieron las horas de la noche, caminaba sin caminar, sin ánimo, sin esperanzas, dolorido físicamente y con una brecha de la cual, no paraba de manar sangre. Le invadía el triste convencimiento que antes o después sería capturado, había fracasado. Cansado, desmoralizado, lleno de decepción y pesimismo continuaba su particular aventura, más por inercia que por convencimiento.
No supo cuando, ni a santo de qué, se detuvo, quedándose reclinado en una pequeña agrupación rocosa. Después, tras permanecer inmóvil por un rato, se sintió sin ganas de continuar. El dolor de la ceja se convirtió en algo más que molesto, sentía como las fuerzas se le marchaban acompañando a los vahos de vapor que despedía en su aliento.
Agotado y sin voluntad de continuar, se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la dura y fría roca, reclinó suavemente la cabeza mirando la luna y las estrellas. El frío lamió suavemente su rostro; se estaba desvaneciendo, se sintió ir, no quiso resistirse, no poseía fuerzas para más.
Un brusco movimiento lo sacó de su inconsciencia. Acabó tumbado boca abajo en el suelo. Era de día, muy temprano, acababa de amanecer, apenas si era capaz de abrir los ojos. Con forzados gestos, le pusieron las manos en la espalda y le inmovilizaron colocándole unas esposas.
La noche pasada, quedó inconsciente y perdió la noción del tiempo que permaneció en ese estado, lo que era evidente es que, éste, fue el suficiente como para darles a sus perseguidores la oportunidad de capturarlo. Su detención fue celebrada con gran jubilo y regocijo por parte de los componentes de la patrulla.
Lo realmente extraño en todo aquello, era que le colocasen una capucha negra sobre la cabeza impidiéndole la visión. No era la cosa para tanto, sólo era un cansado y abatido hombre que había intentado encontrar su libertad acompañado, en todo momento, por la mala suerte. Es de suponer, que no querrían correr el riesgo de una nueva huida. Por lo demás, se sentían muy orgullosos de su captura y, así, lo hicieron saber por la emisora de la radio durante todo el trayecto de vuelta, vanagloriándose y felicitándose por ello. Hasta pudo escuchar que hablaban con un periodista y se hacían fotos junto a él, como si se tratase de un trofeo de caza.
Nada más llegar a la prisión, lo introdujeron encapuchado en una celda sin compañía alguna. No le quitaron las esposas, era de suponer que aquello representaba algún tipo de castigo por intentar la fuga y haberles hecho, pasar a todos, ellos una mala noche en vela.
Protestó, gritó y maldijo todo lo que quiso, pero nadie le escuchó. A él no le preocupaba mucho el trato, aunque le hubiese gustado que el doctor le diese un vistazo a la ceja. Corría peligro de infección, el dolor se estaba generalizando por toda la frente, si no limpiaban pronto el corte y aplicaban un punto de sutura, le quedaría una fea y antiestética cicatriz.
En las manos se le estaban produciendo hormigueos por la falta de riego sanguíneo, las esposas fueron colocadas demasiado fuerte y el permanecer con los brazos atrás, en la espalda, no ayudaba a que la sangre llegase hasta la punta de los dedos.
Permaneció en esta incómoda situación durante una hora, hasta que finalmente llegaron de nuevo los vigilantes, pero para él, aquello había durado una eternidad. Esta apreciación personal fue generada por la claustrofobia y ahogo causado por la capucha, además de la impotencia que generaba la inmovilidad de sus brazos.
Le libraron de este castigo permitiéndole la visión y sustituyendo las esposas por un juego de grilletes para los pies y las manos. A continuación, le escoltaron hasta la enfermería para hacerle una cura rápida. Él en sí, no se encontraba bien de salud. Tenía el cuerpo algo descompuesto tras la noche sin dormir y la tortuosa detención.
Después de dispensarle la atención médica necesaria, le guiaron hasta una nevera que era como vulgarmente se denominaban a las celdas de aislamiento. Éstas, normalmente, eran utilizadas como celdas de castigo para los presos más rebeldes.
Le quitaron los grilletes y lo dejaron sólo en aquel minúsculo habitáculo, sin posibilidad de entablar conversación con nadie. Así continuó, día tras día, con el único privilegio del disfrute de un soplo de aire fresco que le proporcionaba el paseíllo diario, de veinte minutos, por el pequeño patio interior. Tenía por únicas compañías al cielo, a las nubes pasajeras y al vigilante que, en la parte alta del muro, cumplía su cometido observándole sin quitarle la vista de encima.
Pasó en solitario el mes de encierro especial. Se incorporó al recinto con los demás reclusos. Le destinaron al pabellón de criminales peligrosos. Era de esperar, aquí había mucha más vigilancia que en los corredores normales, las celdas eran individuales, pero inevitablemente los vecinos eran mucho más conflictivos.
Cuando llegó a la celda, le entregaron el correo atrasado. Había una carta con el membrete oficial del colegio de abogados, en ella, se le comunicaba que se había asignado un abogado de oficio para su caso, el cual, permanecía pendiente de fecha para la vista preliminar. Quedó francamente extrañado por el contenido del escrito porque la vista preliminar de su caso, fue realizada en su día, ya se sabía, la Administración de Justicia, a parte de ser lenta, era penosa.
Su fuga le acarreó la desconfianza extrema de sus carceleros y el respeto de los compañeros. Los otros presos no le trataban como a un ladronzuelo de guante blanco, no como a un don nadie; eran amables y hasta complacientes con él.
Un colega le proporcionó un periódico fechado el día siguiente a su fuga. Contenía un artículo que hablaba en detalle de su aventura e incluía fotos.
Después de cenar, se retiró a su celda a leer el artículo, disponía de una hora y media antes de que fuese la hora de apagar las luces. Abrió el periódico y comenzó a leer despacio, no podía creer lo que escribieron sobre él, "El carnicero naranja" en clara alusión al color llamativo de la ropa de presidiario.
Era increíble las mentiras que se contaban sobre él, inverosímil todo lo relatado. No era cierto nada… Ahora entendía muchas de las cosas que le habían ocurrido hasta ese momento desde que volvió: el respeto de los otros presos, el cambio de pabellón, la comunicación de una vista preliminar, pero…, ¿cómo decir que él no hizo nada de aquello en la casa?. ¿Para qué proclamar su inocencia?.
Nadie le creería y, lo que era peor, nadie tendría interés en creer lo contrario. Según el artículo, quien hizo aquella salvajada fue él, no había lugar a dudas, las pruebas así lo evidenciaban. Un baño de sangre y muerte, vidas truncadas, imágenes terroríficas, salvajismo, sangre por doquier.
La excitación y la indignación, hicieron que la sangre fluyera hasta su rostro y se sofocara. Necesitaba una bocanada de aire fresco para aliviarse y que nadie le viese llorar…, llorar de rabia, llorar de desesperación, llorar de injusticia.
Asomó el rostro por entre los barrotes de la ventana y miró desconsolado a la negra noche. Si las lágrimas se lo hubiesen permitido, habría podido apreciar que, allí, en mitad de la oscuridad, contemplándole en silencio, había dos ojos observándole con aire de agradecimiento por haber sido su amigo, por caminar junto a él, por haberle enseñado el olor a sangre y lo sabrosa que sabe la carne de estos seres.
Todas las noches, aquel ser salía de su cueva e iba allí, junto al muro a olerlo, a sentirlo cerca, a esperar que saliese de nuevo para que le ofreciese un suculento manjar. Cuando el animal se cansaba de esperar, se marchaba en busca de otra comida. Nunca encontró algo que fuese tan sabroso como lo que le mostró su amigo.
Así pues, cuando se hartaba de esperarle, se conformaba con los restos comestibles que podía extraer de los contenedores de basura de aquel lugar.
Sin embargo, al animal se le hacía la boca agua pensando en tanta y tanta comida, allí encerrada, tras aquellos muros que le impedían el paso, pero…, él era feliz, no perdería fácilmente la esperanza. Mientras pudiese husmear en el aire a su amigo, no abandonaría la ilusión de volver a caminar por el campo, junto a su compañero humano e ir de caza como lo hicieron aquella noche en que se conocieron.

Autor : Rafael López Rivera