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Alfred Nobel

 

LA ASPIRANTE A ESCRITORA

"La escritura te dio la libertad", así rezaba el epitafio del sepulcro de Luisa García Cejero. Los empleados del cementerio encajaron la losa, sellaron la tumba y dieron por finalizada su labor en el entierro. Un día demasiado bonito, demasiado soleado, demasiado primaveral como para ayudar a mantener la melancolía que se merecía el solemne acto.
Sólo las personas más allegadas a la difunta asistieron. Allí estaban su marido, sus suegros, un hermano, tres parejas de amigos y su profesora del taller de letras. Escaso público para despedir una vida que se truncó en plena juventud.
La presencia de tan poca gente en el funeral, no era debido a que ella fuese antisocial o de carácter irascible e introvertido. No, no, nada de eso. La culpable de su soledad y de su reducido círculo de amistades, fue la terrible depresión que le embargó, hace cosa de un año, cuando quedó desempleada por culpa de la quiebra de la compañía donde realizaba sus funciones como secretaria.
Tras esto, intentó infructuosamente encontrar otro empleo, pero no obtuvo resultados. Perdió el interés por todo y permaneció encerrada en casa.
No salía ni siquiera a comprar, no hablaba con nadie, llevaba una vida de clausura. Tumbada en el sofá, día tras día, sin ilusión, envuelta en un clima de apatía, viendo la televisión o en la cama durmiendo, despreocupándose de lo que acontecía a su alrededor, éste era todo su mundo en su encierro. Se abandonó físicamente y acabó engordando de forma desmesurada. Su dejadez corporal y su aspecto descuidado, hacía que pareciese mucho mayor de lo que en realidad era.
Las relaciones en su matrimonio se deterioraron a causa de su actitud pasiva frente a la vida. Poco a poco, la convivencia se fue erosionando, quedando muy poco de aquel amor que les llevó ante el altar. En su lugar, sólo existía monotonía, desencanto y distanciamiento.
Durante los tres últimos meses, mejoró su estado de ánimo. Su psicólogo le convenció para que tuviese una afición, algo que le ayudase a distraerse y le obligase a salir del profundo agujero emocional en el que se encontraba inmersa.
A ella siempre le había gustado mucho leer y, en alguna ocasión en la que se decidió a escribir, no lo hizo del todo mal, aunque todavía, tenía que depurar mucho su estilo. Su marido, siguiendo las recomendaciones dadas por el doctor y viendo que su esposa estaba animada con el asunto, le sugirió que asistiese a una academia de escritura que un compañero del trabajo le recomendó.
La mujer comenzó a asistir a las clases con entusiasmo. Como consecuencia de ello su carácter cambió a mejor. El aliciente por aprender algo que le gustaba, que le atraía, le rescataba de los tentáculos de la depresión y le proporcionaba, cosas para pensar fuera del terreno de la autocompasión.
Los compañeros que conoció en la clase, eran un poco bohemios y ella no terminaba de encajar con su ambiente. La profesora era una mujer más joven que ella, tan sólo, unos dos o tres años, poseía un buen tipo, era atractiva, dinámica, exigente y, a pesar de su edad e imagen desenfadada, introducía disciplina prusiana en sus clases.
Para avanzar adecuadamente y evitar que se perdiera el ritmo de las clases, cada día era necesario presentar realizados los ejercicios. ¡No valían las excusas!. Si un día faltaba alguien, no importaba, su ejercicio quedaba pendiente y cuando volviese debía llevarlo hecho.
Los temas eran muy variopintos. A cada cual le tocaban temáticas diferentes, no era el mismo ejercicio para todos los alumnos. En cada clase, se presentaban los deberes del día anterior. Éstos eran leídos, se revisaban y criticaban en grupo por los demás alumnos. Al leerse y narrarse los textos en voz alta se escenificaban y, con ello, se apreciaban mejor los errores en la redacción y la composición de los escritos, pero el sarcasmo y la ironía de la profesora para magnificar los errores y hacerlos claramente perceptibles, no eran gratamente recibidos por los evaluados.
A Luisa, no le gustaba esta parte de la exposición, tenía miedo cada vez que salía frente al público, aunque fuesen sus compañeros de clase.
Como alumna, era consciente que todas las correcciones y las recomendaciones que le hacía la profesora, eran para garantizar su correcta formación y, cuando se está aprendiendo, se deben de aceptar y reconocer los errores propios sacando provecho de ellos.
No obstante, ella poseía la impresión personal que, en ocasiones, la profesora la trataba con excesiva dureza y saña. Este tipo de especial deferencia hacia su persona, se evidenció a lo largo de esta semana, en la cual, tuvo que presentar dos veces el mismo ejercicio y fue rechazado en ambas ocasiones. Además, en situaciones como ésta, en las que era repetido por haber sido rechazado, la clase se convertía
en humillante para el alumno, aunque no dejaba de ser por ello, como siempre, muy ilustrativa.
El carácter gruñón de la profesora no facilitaba las cosas, pero su pasión por la literatura hacía que fuese una estupenda tutora y que fuesen perdonables sus reprimendas fuera de tono, por lo que esto no disipaba la ilusión y las ganas de Luisa por continuar aprendiendo a escribir.
Ella se había empeñado en sacar el curso adelante y, pasase lo que pasase, lo conseguiría. Se aferró a aquella idea con la misma determinación que lo hace el sobreviviente de un hundimiento cuando se agarra a una tabla a la deriva en mitad del océano.
El ejercicio que le tocó desarrollar y, con el cual no conseguía convencer a su poco compasivo público, consistía en redactar la nota de suicidio de una mujer que había perdido las esperanzas de seguir viviendo. No importaba el motivo que albergase la mujer para ello, ni cómo lo fuese a llevar a cabo, sólo era necesario expresar los sentimientos que embargaban a esta persona, momentos antes de quitarse la vida.
¡La empresa no era fácil!. Era preciso ponerse en la piel de la suicida, interiorizar toda su melancolía y su tristeza para, más tarde, darle forma, plasmando estas emociones en la nota de despedida escrita por ella.
La redacción estaba resultando bastante difícil y complicada. Las ocasiones en que presentó los textos en clase, no habían superado la exposición. El mensaje sonaba artificial, forzado, carecía de la suficiente credibilidad y sentimiento.
Verdaderamente, ella reconocía que sus textos habían estado vacíos, no hubo sentimientos encerrados en sus letras, pero no vislumbraba la forma de hacerlo más creíble.
Esta tarde no iría a clase, no valía la pena perder el tiempo y presentarse allí, no tenía todavía el ejercicio terminado, no quería redactar otro texto mediocre y que fuese rechazado de nuevo. No se levantaría de su escritorio hasta haberlo conseguido. ¡No cedería en su empeño!.
En la papelera yacían arrugadas tres o cuatro páginas que contenían intentos fallidos. Estaba enojada consigo misma y no era éste el sentimiento que debía albergar, en su corazón sólo podía haber dolor, tristeza y más tristeza.
Por un momento dejó de escribir e indagó entre sus vivencias. Buscaba algo especialmente fuerte y triste, algo que fuese capaz de transportarla a la situación emocional en la que se encontraría una persona dispuesta a quitarse la vida.
Indagando en su pasado, allá en su infancia, recordó aquellos días de lloros y padecimiento en su casa. Ella y su hermano, eran pequeños, mentes demasiado infantiles e inocentes como para entender por qué su papá le pegaba a su mamá, por qué las malas maneras y los gritos, por qué la bebida y las borracheras.
Después, al crecer, comprendieron el sufrimiento de aquella madre que entraba llorando a su cuarto, para guarecerles, a ella y su hermano, de la furia desencadenada por la embriaguez etílica de su padre. Por suerte, después de tantos años de bebida, la cirrosis se lo llevó al otro mundo, antes que los hijos tuviesen edad para hacerle frente. ¡Muerto el perro, se acabó la rabia!. No se desperdiciaron lágrimas en el entierro de aquel mal hombre. ¡No se las había ganado durante su vida!.
Continuando con su ejercicio de concienciación, Luisa se metió en la piel de su madre, tratando de entender el padecimiento de aquella mujer, que toda su vida fue esclava de su matrimonio, de aquella situación tan precaria, con unos hijos pequeños por los que luchar, prisionera en su propio hogar sufriendo un destino elegido, pero no deseado.
Comenzó a escribir un borrador. Las palabras fluían solas, manando como chorros de melancolía procedentes directamente desde lo más profundo de su alma. Una profunda tristeza la inundó, tenía el corazón encogido, los ojos se le llenaron de lágrimas. Su escritura se volvió temblorosa e irregular; no era capaz de distinguir claramente su propia letra. Entre sollozos, alguna que otra lágrima cayó sobre lo ya escrito en el papel, emborronándose algunas palabras.
Al terminar, lo leyó despacio con la finalidad de darle forma, pero no era necesario retocarlo, le había salido "redondo", estaba bien como estaba. Había resultado fantástico, cualquier cambio hubiese estropeado el escrito corrompiendo el sentimiento que consiguió plasmar en aquellas breves líneas.
En ese instante se escuchó cerrarse la puerta de la vivienda. Su marido llegó procedente del trabajo, no había sido un buen día para aquel hombre. Se paró en mitad del pasillo y observó a su esposa triste y llorosa. Él no quiso preguntar el motivo, tampoco le importaba, aquella situación se daba demasiado a menudo y por cualquier tontería.
En momentos así, lo peor que podía hacer era preocuparse, ya que eso le daba pie
a ella a descargar sus frustraciones sobre él y ya estaba cansado de ser su paño de lágrimas. Según las recomendaciones del psicólogo, él debía esperar hasta que ella estuviese dispuesta a contarle lo que le ocurría, pero esto debía ser por voluntad propia de ella y no algo inducido.
Luisa se levantó del escritorio, vio a su marido, pasó por su lado, no le dio un beso
de bienvenida, ni siquiera, lo saludó, simplemente lo miró con indiferencia, después, se dirigió al balcón a tomar un poco de aire para hacer que bajase la rojez de sus ojos tras el llanto.
El marido la siguió fríamente con la mirada, tomó el papel del escritorio y quedó leyéndolo mientras ella salía. Al terminar de leerlo, permaneció pensativo y, a continuación, él también se dirigió hacia el balcón.
Unos segundos después, se escuchó el grito desgarrado de Luisa precipitándose al vacío, le siguió el susto de una viandante en mitad de la calle, instantes de histeria nerviosa, sólo a un par de metros delante de ella, había caído el cuerpo. Ahora, inmóvil, yacía desarticulada en el suelo. Una mancha roja de sangre extendía la muerte sobre el gris pálido de la acera.
Arriba, en el balcón, su marido miraba a la calle, con las manos en la cabeza y el rostro desencajado por la escena, paralizado por el horror, observando atónito el cuerpo sin vida de Luisa.

Hoy, reunidos en aquella ceremonia íntima y familiar, le brindaban un adiós a aquella vida que fue tan atormentada en sus últimas épocas, con la esperanza, que en su próximo destino, su alma alcanzase la paz y el sosiego que no pudo hallar en este mundo.
El dramático desenlace era previsible para todo aquel que conocía a Luisa y sabía de su pasado reciente, sobre todo, teniendo en cuenta sus antecedentes depresivos.
El hermano de la fallecida observaba a su cuñado, tratando de adivinar lo que pasaba por su mente. El viudo no parecía que estuviese visiblemente afectado por la pérdida de su esposa. En cierto modo era comprensible, él era consciente que la enfermedad dejó muy tocada a su hermana. La pobre, se había convertido en una pesada carga a soportar por cualquiera que compartiese sus días con ella, pero él pensaba que todo esto ya estaba superado, al menos, éstas eran las noticias que había recibido en los últimos meses.
Llegó el momento de las despedidas. Besos, abrazos, pésames, mutuos consuelos. Todo muy normal excepto, cuando aquella chica, que permaneció sola durante la ceremonia, le ofreció las condolencias al viudo. Un brillo especial surgió en sus miradas, algo que indicaba algún tipo de complicidad entre ambos.
Sólo el hermano de la fallecida percibió el sutil detalle. No tenía ni idea de quién era aquella muchacha, ni culpaba a su cuñado por haberse buscado una compañera sentimental. Sin embargo, en el fondo de su corazón, una duda latía incesante, en el vecindario, se rumoreaba que él había empujado a su esposa para que cayese por el balcón, otras personas afirmaban que su hermana estaba muy mal emocionalmente y por ello se había suicidado.
¡Todo eran habladurías!. Él no tenía ni tiempo, ni posibilidad de investigar lo ocurrido. La vida ya le proporcionaba suficientes problemas como para ir buscando algunos más y, al fin y al cabo, para ella todo sufrimiento había finalizado. Aunque él estaba seguro de saber lo que allí había ocurrido, no necesitaba que nadie se lo confirmase.

Autor : Rafael López Rivera