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Alfred Nobel


 

EL HALLAZGO
BALDOMERO LILLO

 

Cuando Miguel Ramos, carpintero del taller de reparaciones, abrió la puerta del cuarto y salió al corredor del vasto galpón, su ancha y rubicunda faz se iluminó con una sonrisa de júbilo. La tarde se presentaba espléndida para la pesca. Una ligera neblina cubría todo el amplio espacio que abarcaban sus ojos.

Por el sur, a la orilla del mar, en una elevación del terreno, las construcciones de la mina destacaban a la distancia sus negras siluetas, y por el norte, siguiendo la línea de la costa, se distinguía vagamente a través de la bruma la faja gris del litoral.

Más bien bajo que alto, de recia musculatura, el carpintero era un hombre de cuarenta años, de bronceado rostro y cabellos y barba de un negro brillante. Obrero sobrio y diligente, distinguíanlo con su afecto los jefes y camaradas. Pero lo que daba a su personalidad un marcado relieve era su inalterable buen humor. Siempre dispuesto a bromear, ninguna contrariedad lograba impresionarle y el chiste más ingenuo lo hacía desternillarse de risa.

En los días de descanso sus entrenamientos favoritos fueron siempre la caza y la pesca, por las cuales era apasionadísimo. Hijo de pescadores, no se había separado jamás de las vecindades del mar, que ejercía sobre él una atracción invencible. Los domingos, en esas mañanas neblinosas del otoño y del invierno, cogía su escopeta de dos cañones y seguido de su perro Buscalá íbase a tirar a los zorzales y a las tencas en los matorrales y bosquecillos que, en todo el largo de la costa, oponían su verde y débil barrera a la marcha invasora e incesante de las dunas.

A mediodía estaba de regreso y después de engullir la merienda que Juana, su mujer, teníale preparada, si el tiempo era favorable encaminábase a la playa y embarcándose en un pequeño bote que con rara habilidad y acierto construyera él mismo, dedicábase con empeño a la busca de peces y de mariscos, muy abundantes en esa parte de la costa.

En estas excursiones acompañábalo invariablemente su hijastra Rosalía, una mozuela de doce años que por lo blanco de la piel, rubios cabellos y ojos claros de un azul desteñido, la morena y tiznada chiquillería de la mina apellidada la "gringa". La pequeña, de constitución robusta, muy viva y ágil, era para el carpintero un auxiliar precioso.

Cuando iba de caza, la vista de lince de la chica descubría la pieza por enramada que estuviese, y si después del disparo quedábase la víctima suspendida por la bifurcación de una rama, al punto trepábase al árbol para cobrarla con la agilidad de un gato montés.

En el mar sus habilidades no eran menores. Tiraba del remo y cebaba los anzuelos con destreza sobresaliente, sabiendo distinguir a la perfección las distintas variedades de peces y de mariscos y el modo de apoderarse de ellos en sus escondrijos. Y finalmente, por su intrepidez para arrostrar el peligro, su compañía no fue jamás un estorbo en las situaciones difíciles.

Entre los pilletes de la mina gozaba Rosalía de gran prestigio por el glorioso papel que desempeñaba acompañando al carpintero en sus expediciones, y, también, por la prontitud y eficacia con que esgrimía puños y pies en sus rencillas con la vocinglera turba, que la respetaba, además, por su infalible puntería para lanzar la pedrada vengadora cuando alguien, a prudente distancia, le lanzaba los consabidos insultos:

-¡Moño de estopa, ojos de chaquira, gringa de agua dulce!
Los días domingo en la tarde sólo se veían en la mina mujeres y niños,pues los hombres, como de costumbre, habíanse marchado al poblado vecino, cuyas numerosas tabernas los atraían con fuerza irresistible. Juana se mostraba orgullosa de la sobriedad de su marido y su felicidad hubiera sido completa si la pasión de él por el mar fuese menos absorbente. No miraba con buenos ojos estas excursiones, pues conociendo el carácter temerario y aventurero de Miguel, nos prestaba gran fe a las protestas que al marcharse le hacía de proceder con prudencia. Aquella tarde, como ella extremase rezongos, él atajó sus críticas diciéndole sarcástico y chancero:

-¡Vaya, mujer, mientras los congrios y los róbalos sigan con su porfía de no salir a la playa a picar la carnada en seco, por la fuerza tenemos que entrar al agua para buscarlos y restregarles el cebo por las narices, pues sólo así se tragan el anzuelo esos condenados…! Y terminó celebrando el chiste con una risa tan estrepitosa, que Juana y la pequeña no tuvieron más remedio que imitarle, contagiadas por aquel reír explosivo y desconcertante.
Mientras Rosalía cebaba los anzuelos de un español, el carpintero habíase nuevamente asomado a la puerta del cuarto, comprobando con gran satisfacción que la neblina, barrida por la suave brisa que soplaba desde tierra, iba poco a poco dejando libre la costa de su molesta y peligrosa presencia. De pronto, y cuando comenzaban a ayudar a la chica en su tarea, apareció en el hueco de la puerta la figura esmirriada y diminuta de un pilluelo que con voz aguda profirió: -Ice on Panta…

Miguel y la pequeña clavaron en el mensajero sus ojos aguardando el final de la frase, mas como el chico continuase mudo mirando con la boca abierta el espinel, el primero lo sacó de su abstracción bruscamente: -Bueno, hombre, ¿qué dice don Panta? -Ice que hay una cosa en el mar más allá de las Piedras de los Lobos. Miguel sonrió burlón: -¡No será un montón de güiro?

-On Panta ice que a él le parece una chalupa daa vuelta. El carpintero, que había oído con indiferencia las anteriores palabras del chico, pareció ahora vivamente interesado, concluyendo por dar entero crédito a la noticia, pues don Pantaleón, el autor del mensaje, viejo guarda de la mina, era un hombre formal, incapaz de molestar a un camarada con una broma de mal gusto. Quiso conocer otros detalles e interrogó al pequeño, pero éste, que nada más sabía, después de repetir las mismas frases se marchó felicísimo, llevándose un anzuelo roto que Rosalía le obsequió en pago de su trabajo.

El aviso que acababa de recibir exaltó la imaginación del carpintero. Siempre había deseado tener una chalupa para navegar a la vela, maniobra que no podía practicarse en el bote por sus escasas dimensiones.

Con gran prisa puso fin a los últimos aprestos, e impaciente por comprobar lo que había de verdad en aquel asunto, cogió los remos y abandonó el cuarto seguido de Rosalía, que llevaba en un saco de lona los avíos de pesca y la cuerda del espinel. La senda que conducía a la playa orillaba un arroyuelo cuyas aguas fangosas se abrían paso trabajosamente en la arena movediza que los vientos amontonaban a lo largo de su cauce.

En esa parte de la costa, sembrada de escollos peligrosísimos, sólo existía en la desembocadura del estero una diminuta caleta en donde, acostado en la dorada arena, se veía un bote pintado de negro con una franja blanca a lo largo de la borda, destacándose en la proa, grabadas en desiguales caracteres, estas dos palabras: «El Pejerrey».

Aunque toscamente construido, las condiciones marineras del barquichuelo eran excelentes y sus robustos flancos habían demostrado más de una vez su sólida resistencia a los embates de las olas.

Después de algunos minutos de rápida marcha, Miguel y su acompañante se encontraron en la angosta playa, junto a la embarcación. El primer acto del carpintero fue hacer un prolijo examen revisando con atención las embreadas costuras desde la borda hasta la quilla, y habiendo comprobado que no existía ninguna grieta, procedió a lanzar el esquife al agua ayudado por Rosalía. Apenas el botecillo fue puesto a flote, Miguel empuño los remos y, sorteando diestramente los arrecifes, se encontró en breve fuera de la línea de las rompientes.

El mar estaba tranquilo, la ligera brisa que soplaba de tierra había desgarrado la niebla esparciéndola en jirones por los ámbitos del golfo. Desde el punto en donde se encontraba el bote no se veía la caleta, pues una línea ininterrumpida de escollos ceñía la costa haciéndola inabordable en la extensión de muchas leguas. A la izquierda de la ensenadita, en la cima de una meseta formada por un enorme montón de rocas, alzábase la cabria del pique más importante de la mina. En el borde del acantilado el carpintero distinguió la figura del guarda que agitaba los brazos, indicando algo en la lejanía del mar, invisible para los tripulantes de «El Pejerrey».

Miguel contestó a las señales poniendo proa a la Piedra de los Lobos, lo que pareció satisfacer al vigía, pues cesó en sus ademanes, quedándose inmóvil en lo alto de su observatorio. La Piedra de los Lobos era un arrecife que se erguía solitario a más de un kilómetro de la costa. Cuando el bote enfrentó el enorme peñasco, la pequeña, que se había puesto de pie para abarcar más espacio escudriñando con sus claros y vivaces ojos la ondeante superficie de las aguas, alargó de pronto la diestra y se puso a chillar alborozada: -¡Padrino, mire, allí está!

El carpintero se volvió para mirar en la dirección que la chica señalaba y percibió la distancia un objeto de forma alargada, de color negro reluciente, que aparecía y desaparecía entre las olas. ¿Era aquello una embarcación o simplemente un madero, resto de algún naufragio? Para salir de dudas, Miguel se inclinó sobre los remos y forzó la marcha del botecillo. A medida que la distancia disminuía, el objeto se diseñaba con más claridad y, muy luego, se dio cuenta el carpintero de que tenía a la vista no los despojos de un naufragio sino algo muy diverso. Pasaron todavía algunos minutos, y de súbito sus dudas se disiparon: lo que flotaba allí pesadamente a unos cuantos metros de la proa era el cadáver de una ballena. En el primer instante la emoción paralizó la lengua del carpintero. Sus negros ojos fulguraron con inusitado brillo y su ruda y sudorosa faz se congestionó de júbilo. No pudiendo contener la explosión de su entusiasmo lanzó una carcajada e hizo una pirueta que casi vuelca el bote, percance que le produjo un nuevo acceso de risa.

El cetáceo, semitumbado sobre uno de sus flancos, destacando en las aguas transparentes su enorme masa, causó a Rosalía un asombro temeroso. Sus ojos muy abiertos se clavaban azorados en la cabeza y en la cola del monstruo cuyas desmesuradas dimensiones la llenaban de admiración. Después de algunos instantes de mudo examen se volvió a su padrastro y lo acribilló a preguntas sobre el extraño y gigantesco pez; mas, el aludido, inclinado sobre la borda, no le contestó sino con monosílabos. Lo que atraía sus miradas era un arpón cuyo hierro, clavado en el flanco del cetáceo, dejaba sobresalir encima del agua el extremo del asta de madera de luma que ostentaba en su redonda y pulida superficie cuatro letras mayúsculas: C. B. S. M., grabadas a fuego.

-Compañía Ballenera Santa María, murmuró entre dientes Miguel y, alzando la cabeza, en el confín distante, una nubecilla alargada que parecía flotar a ras del océano recortaba sus contornos imprecisos en el límite del horizonte. Era la isla de Santa María, que, dejando un angosto pasaje entre ella y la costa, cierra el golfo de Arauco al norte de la punta de Lavapié.

El carpintero, que años atrás había residido en la isla, recordaba que existían entonces en ella dos asociaciones de pesca rivales dedicadas ambas a la persecución y captura de los cetáceos que surcaban esas aguas. La más importante era la que llevaba el nombre cuyas iniciales tenía a la vista grabadas en el arpón.

Este conocimiento de la industria ballenera ponía a Miguel en situación de aquilatar la importancia del hallazgo que acababa de hacer, y aunque el ejemplar que tenía delante no era de los mayores que hubiese visto, estaba seguro de que allí había aceite bastante para llenar algunas decenas de barriles, lo que constituía, dado el alto precio del producto, una verdadera fortuna. Durante algunos minutos el carpintero, de pie en la proa del bote, permaneció callado e inmóvil con el entrecejo fruncido.

Reflexionaba. Dos cuestiones, que eran otros tantos problemas por resolver, atraían su atención. Una de ellas, el aprovechamiento y extracción de las diversas substancias que encerraba el cuerpo del animal, no lo inquietaba, porque la dirección del establecimiento carbonífero tomaría como cosa propia esa explotación, facilitándole todo lo necesario para llevarla a cabo; pues la mina hacía un enorme consumo de aceite de ballena, para el alumbrado de las galerías. Quedaba la otra cuestión: la de remolcar esa masa flotante, cuyo peso excedía de algunas toneladas, hasta la caleta, empresa primordial que presentaba dificultades insuperables si se tomaban en consideración los escasos medios que tenía para realizarla.

Aunque la jovialidad fue siempre el rasgo saliente del carácter de Miguel Ramos, bajo esa apariencia ligera albergábase un ánimo reflexivo, esforzado y tenaz. Su primer cuidado fue, por lo tanto, conocer todas las fases de la situación para en seguida elaborar un plan conveniente.

A poco más de un kilómetro de la ribera el cadáver de la ballena flotaba arrastrado por el descenso de la marea, cuando cesase el reflujo, la marea ascendente la haría desandar el camino recorrido, empujándolo hacia la costa. Pero este cambio de ruta no podía efectuarse sino después de la medianoche. Además el viento, que en la tarde venía de tierra, daba al amanecer un salto brusco soplando desde el golfo hacia el litoral. Por consiguiente, si no intervenían factores adversos era caso seguro que el cuerpo del cetáceo se encontraría en la mañana del lunes muy próximo a la caleta, donde se le podría encallar con relativa facilidad, poniendo término a su peregrinación por el océano. Mas en este conjunto de circunstancias propicias había una desfavorable que por sí sola las neutralizaba a todas.

Este factor negativo eran los bajíos de la Niebla, formados por innumerables escollos a flor de agua, donde el mar rompía día y noche con infatigable furor. A la primera ojeada el carpintero comprendió la inminencia del peligro, pues si la deriva continuaba verificándose libremente, sin estorbos, al cabo de algunas horas su valioso hallazgo entraría en la zona de atracción de alguna de las poderosas corrientes que circulaban en la vecindad del bajío, y entonces podía decir adiós a sus esperanzas, porque la traidora sirte no devolvía jamás lo que entraba en sus dominios.

Sólo había un remedio de contrarrestar esa amenaza y era detener o retrasar la marcha del cetáceo hasta que el cambio de viento y el flujo de la marea próxima ejerciesen su acción conjunta, apartándolo de las procelosas rompientes. Este plan fue el que adoptó Miguel Ramos, pero al ir a ponerlo en práctica recordó que la presencia de Rosalía planteaba una nueva cuestión que debía resolver sin demora.

El asunto admitía sólo dos soluciones: o dejaba que la pequeña lo acompañase exponiéndola a los peligros de pasar una noche entera en el mar o la conducía a tierra para regresar con algún camarada cuya cooperación duplicaría la eficacia de sus esfuerzos en la empresa que iba a acometer. Después de meditar un instante optó por la primera solución, pues la distancia que lo separaba de la costa era considerable, y como el sol muy pronto se encontraría debajo del horizonte, la falta de luz haría, al regreso, muy problemático que volviese a encontrar el cuerpo sumergido de la ballena que sólo mostraba una parte insignificante de su negra y lustrosa piel por encima del agua. Además, el coraje bien probado de la pequeña, su robustez a toda prueba y la tranquilidad del mar dábanle casi la seguridad de que la noche transcurriría sin accidentes desagradables.

Cuando comunicó a Rosalía su determinación, la rapaza palmoteó de júbilo. Agradábale extraordinariamente aquella aventura y abrumó a su padrastro con preguntas sobre el monstruoso pez, preguntas que el interrogado procuraba satisfacer del mejor modo, riendo y bromeando según su costumbre. Miguel, con ayuda del bichero, atrajo hacia sí la cuerda atada al arpón y comenzó a tirar de ella, enrollándola en el fondo del bote, mas como extremidad sumergida tardase en aparecer recordó que estas cuerdas, que los pescadores de ballenas llaman "línea", tienen una longitud superior a trescientos metros. Del grosor del dedo meñique, fabricadas de finísima manila, su costo alcanza un precio bastante elevado. El carpintero midió diez brazadas y, evitando seccionar el trozo, hizo un doblez y ató la línea en el banco de popa, dejando que el resto de ella continuase hundido en el agua.

Los preliminares para iniciar el remolque estaban concluidos, y Miguel, poniendo la proa en dirección a tierra, empezó a bogar con calma, economizando deliberadamente sus fuerzas. A las primeras remadas la cuerda atada al arpón se puso tirante y «El Pejerrey» cesó de avanzar y se quedó al parecer inmóvil entre las tranquilas ondas. Pero esta quietud era sólo aparente, pues en realidad retrocedía arrastrado por la mole gigantesca que trataba de remolcar. Este resultado negativo no desanimó al carpintero, pues conocía demasiado su impotencia para paralizar la deriva de la ballena.

Mas, si no le era dable detener su marcha, podía al menos refrenar la rapidez de la misma, con la cual hacía frente al peligro más inmediato: el avance libre hacia las rompientes. Y mientras bogaba con el rítmico empuje del remador avezado, Rosalía, instalada en la popa, miraba con insistencia la cuerda del remolque. Aquel cordelito tan delgado, tan suave, tan flexible, la tenía encantada y no apartaba de él sus ojos codiciosos. Para tender ropa, para sacar agua del pozo y para saltar no podía ser más apropiado, prometiéndose, una vez en tierra, cortar un buen pedazo para estos objetos.

En tanto el día tocaba a su término, el sol hundía su rojo disco en las cabrilleantes aguas del golfo y coloreaba con sus postreros rayos una que otra blanca nubecilla suspendida en el azul. A medida que las sombras aumentaban y en lo alto aparecían las estrellas, íbanse borrando los contornos y detalles de los objetos.

Por el lado de tierra sólo se distinguía el vago reflejo del espumoso oleaje al chocar en las rocas de la ribera. En el bote, sus tripulantes mantenían una animada charla interrumpida a cada instante por las risotadas de Miguel, que, entusiasmado por la empresa que tenían entre manos, todo lo veía de color de rosa. Su más ferviente anhelo, correr bordadas en el golfo en una airosa chalupa con la blanca vela y el foque henchido por la brisa, considerábalo ya como un hecho cuya realización no ofrecía la más leve señal de duda.

Para mantener el rumbo en dirección opuesta a los bajíos de la Niebla, el carpintero tenía para guiarse las ventanas iluminadas de la casa de máquinas, cuyos destellos, agujereando las tinieblas, le indicaban el sitio preciso donde se encontraba. Las primeras horas se deslizaron sin ningún contratiempo. El mar continuaba en calma, y en el silencio de la estrellada noche, un sordo y prolongado fragor rodaba entre las sombras y apagaba el ruido lejano de la resaca en la invisible costa. Para el oído ejercitado de Miguel el aumento progresivo de la intensidad de aquel rumor era un indicio de que la distancia que lo separaba de los bajíos se había acortado en parte.

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