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Alfred Nobel

EL GRAN LOBO


El cielo encapotado proporciona un toque triste al día. El ambiente se prepara para recibir una gran nevada.
Desde un inicio, este viaje de aprovisionamiento estaba gafado. Durante la ida, mi compañero cayó enfermo con fiebre. Convaleciente, lo he dejado en el pueblo recuperándose a base de reposo y de buen comer hasta que sea capaz de emprender, por sí mismo, el viaje de regreso. Él no se encontraba bien cuando partimos de la estación y hubiese sido conveniente que no se hubiese aventurado a realizar el trayecto de ida.
¡Nunca me gustaron los imprevistos!.
Por culpa de su testarudez, he tenido que adelantar dinero para sufragar las atenciones que recibirán tanto él, como los perros de su tiro. Las cuentas no terminan de salir. ¡Demasiados pagos!.
El gasto extra que ocasiona la manutención y los cuidados médicos, supone adquirir menos víveres de los esperados, no habrá suficiente para los próximos tres meses, será necesario establecer un plan austero de racionamiento.
La inesperada indisposición de mi compañero, me obliga a realizar el largo y, ahora, solitario trayecto hasta llegar a la estación meteorológica, la más septentrional del país, a unos ciento cuarenta kilómetros de ningún sitio. No es aconsejable llevar a cabo esta clase de recorrido sin compañía, son zonas muy aisladas y alejadas de cualquier presencia humana.
Cargo una parte de las provisiones en mi trineo, el resto, las dejo encargadas y pagadas para que las transporte mi compañero cuando finalice su periodo de convalecencia. No hace falta que intente transportarlas yo sólo, tampoco podría hacerlo.
Después de ver cargado el trineo, creo que me he equivocado en mi estimación. No es suficiente el volumen que he tomado, el tiro de seis perros va a ir muy sobrado de fuerzas durante el camino. Mi compañero se encontrará en la misma situación; las provisiones son muy exiguas.

Llevo un par de horas de viaje y está transcurriendo tranquilo, sin novedades. Los perros marchan frescos y descansados. Avanzo sobre el inmaculado manto de nieve, emborronando su lisa superficie con las huellas producidas por los animales y las líneas paralelas grabadas por los esquís.
Aprovecho para disfrutar del paisaje que, en su blancura omnipresente, se ve interrumpido por alguna que otra agrupación dispersa de coníferas, las cuales, no llegan a la categoría de bosque, pero con el color oscuro de sus troncos, rompen gratamente la blanca monotonía del entorno.
Con el rostro completamente cubierto para evitar que el aire helado corte la piel, grito con energía al tiro de perros para animarles en su tarea y llegar lo antes posible a mi destino, de hecho, perdí demasiado tiempo en el viaje de ida y en mi estancia en el poblado.
Prosigo toda la jornada avanzando a buen ritmo y, la poca carga ayuda a que el trineo se deslice por el terreno como si flotase sobre una balsa de aceite, veloz como el velero en un día de mar en calma impulsado por viento en popa.
Debo tener mucha precaución en los virajes por culpa de las condiciones y el estado del terreno. Los caminos y senderos están cubiertos de nieve blanda y es muy engañosa. A esta velocidad, si pillo durante un giro una pequeña hondonada o desnivel, podría sufrir un accidente volcándose el trineo y desparramándose toda la carga.
Comienza a nevar copiosamente, una densa cortina de copos blancos caen a mi alrededor interponiéndose en mi camino.
¡Esto va a dificultar la marcha!.
Sería aconsejable llegar hasta la falda de la montaña para improvisar un buen lugar de abrigo donde guarecerme. Unas nubes espesas cubren, más aún, el cielo, presagiando una fuerte tormenta. La nevada arrecia, tiene pinta que va a ser intensa y, para hacerle compañía, una ligera ventisca adquiere, poco a poco, más ímpetu.
Las cosas van de mal a peor. He de darme prisa y hallar un buen cobijo donde descansar hasta que amaine el tiempo. La visibilidad ha quedado muy reducida y, para completar mi mala estrella, todavía me encuentro en un tramo difícil del trayecto.
Extremo las precauciones, mi visión es prácticamente nula. Centro mi atención exclusivamente en la zona nevada que va apareciendo frente a mis ojos, quiero evitar despistarme y chocar contra algún árbol. No puedo proseguir durante mucho más tiempo sin prácticamente visibilidad, he de tomar una decisión…
Me introduciré entre los árboles y acamparé improvisadamente en medio de ellos. Será más fácil para montar algo y pasar la noche protegido al amparo del calor que despiden los perros.
El aire está ionizado por la tormenta, esto afecta al estado de ánimo de los perros, los irrita especialmente haciéndoles correr inquietos y nerviosos; a ellos tampoco les hace gracia estar a la intemperie, con condiciones atmosféricas tan adversas. Corren deprisa y un poco alocados en un intento inconsciente por huir de allí.
Grito a los perros para que aflojen la marcha y se detengan, pero la ventisca se lleva mis palabras y no llegan a sus oídos.
Tiran demasiado fuerte, a causa de la carga, el trineo se está yendo de lado, casi no puedo enderezarlo. ¡Voy a volcar!.
Lucho desesperadamente por mantener la estabilidad y no salirme. Arqueo mi cuerpo inclinándolo hacia el lado contrario para equilibrar la inercia del giro. Hago fuerzas con las muñecas intentando compensar la deriva. Lo estoy consiguiendo, casi lo he corregido …
¡Tlock!. Un golpe seco sonó. No sé ni cómo, ni por qué, pero soy despedido y catapultado fuera de los apoyos. Tras el fuerte impacto, quedo tirado sobre la nieve. Permanezco inmóvil e inconsciente.
El trineo impulsado por el tiro de los perros y libre del peso del conductor, continúan avanzando sin detenerse. Los animales no necesitan la voz de su amo azuzándoles para proseguir su camino; simplemente continúan su marcha.

Vuelvo en mí, tengo la cara completamente acartonada por culpa del frío. Abro lentamente los ojos, poco a poco, me pregunto con extrañeza, qué hago aquí en el suelo.
¡No recuerdo qué ha pasado!. Iba guiando mi trineo, marchaba demasiado deprisa, los perros corrían nerviosos, se me estaba yendo de lado y…, de repente, me encuentro tirado en el suelo, sin rastro de los perros ni del trineo.
Una sensación de aturdimiento y confusión me envuelve. ¡Uhhh!. Me duele mucho la cabeza. El resto del cuerpo está completamente entumecido. No sé cuánto rato he permanecido en el suelo, pero ha permitido que el frío me calase hasta los huesos. ¡He de moverme pronto para entrar en calor!.
Estoy cubierto por una fina capa de helada nieve. Ésta no ha dejado de caer durante todo este tiempo.
Mi cuerpo está dolorido, no sé si me habré fracturado algo. Temeroso, de lo peor, doy órdenes de movimiento a mis miembros: primero, un brazo, después, el otro, a continuación, una pierna y, finalmente, la otra, no parece que me haya roto nada en la caída. ¡Oooh!… ¡La cabeza!…, me mareo un poco, se me va cuando intento incorporarme.
Me duele el lado derecho de la frente, la toco y descubro una brecha abierta encima de la ceja. Miro al suelo y distingo, claramente, una mancha rosada; es mi propia sangre mezclada con la nieve. El golpe debe haber sido mayúsculo, absorto como estaba por no volcar, ni siquiera vi venir la rama. Fue una imprudencia no percatarme que me estaba aproximando demasiado a los árboles.
Finalmente consigo incorporarme con evidente torpeza. En un intento por orientarme, miro a mi alrededor, todo es muy confuso. No distingo nada, sigue nevando.
Como consecuencia del golpe en el lado derecho, por ese ojo veo algo borroso, hecho que no contribuye a darme ánimos. En cualquier caso y, aplicando el sentido común, yo venía procedente de campo abierto, sólo tengo que seguir las huellas del trineo en la dirección opuesta, adentrándome en la espesura de los árboles. He de apresurarme antes que la intensa nevada consiga disimular, completamente, las marcas de los esquís y no pueda seguir su pista.
Confío en que los perros se hayan detenido pronto, no estaba en condiciones de caminar por mucho tiempo. No tenía ni idea de la forma en que habrían reaccionado los animales; en alguna ocasión me había dormido atado sobre los soportes del trineo y ellos continuaron corriendo solos durante kilómetros, sin necesidad que yo les condujese. Bien es verdad que siempre que había ocurrido esto, iba siguiendo a otro trineo y su propio instinto les había hecho continuar corriendo. ¿Qué habrá ocurrido hoy?. ¿Se habrán parado o no?…, no lo sé. La respuesta a esta pregunta era una gran incógnita, pero aún y así, su resultado era crucial para mi supervivencia.
No dejaré que el pesimismo me invada, sé que es mi peor enemigo junto con el decaimiento físico y la pérdida de la esperanza; ninguno te ayuda y, en el peor de los casos, cualquiera de ellos puede acabar contigo.
Inicio mi marcha algo vacilante y tambaleándome todavía. Camino paso tras paso, un pie delante del otro, lentamente, mirando siempre alrededor para descubrir mi trineo, aunque sin poder ver realmente hacia dónde me dirijo.
Mi única meta era no perder de vista los surcos todavía tenuemente dibujados en el terreno. Estas líneas serían las que me conducirían hasta mis perros y estos hacia mi destino. Debía concentrarme en ello y no permitir que el frío me derrotase.
A pesar de estar sin descanso y en continuo movimiento, sigo estando helado y entumecido, no consigo hacer reaccionar mi cuerpo, no entro en calor. Siento escalofríos que me recorren la espalda. Mis pies están helados y mis manos también, aunque por suerte, todavía conservo las manoplas. Debo marchar más deprisa para generar calor, pero me faltan las fuerzas necesarias para incrementar el ritmo. Camino sin voluntad, de una forma automática, ingenuamente persiguiendo la, cada vez más lejana, esperanza de que los perros se hubiesen detenido y me estuviesen esperando. ¡Absurda idea!.
En la vida, sólo existe una cosa más decepcionante que no intentar algo, ésta es, intentarlo y no conseguirlo.
Llevo rato caminando, tal vez, horas, pero no tengo la certeza de que sea así. Se ha hecho casi de noche y, hasta este momento, realmente no lo había notado. Camino en la penumbra, desvalido por la ceguera que proporciona la escasez de luz.
Ha dejado de nevar aunque la ventisca continúa, ahora aparecerá el frío que genera la helada. Es demasiado tarde para intentar buscar un lugar donde guarecerme, lo tenía que haber hecho antes. Soy un estúpido, he estado vagando hasta agotar la luz y casi todas mis fuerzas.
El hombre es un ser dotado de raciocinio, pero en las situaciones adversas, cuando cae presa de su propia desesperación, es capaz de aferrarse a las ideas más absurdas como únicas tablas de salvación, autoconvenciéndose de imposibles que carecen de toda lógica contradiciendo los propios dictados de la razón. Ése creo que ha sido mi caso, caminando y caminando sin obtener resultado, pero no tengo nada más al alcance de mi mano.

Llego cerca de unas rocas, aquí estaré al resguardo del viento helado. La temperatura debe estar descendiendo por debajo de los cero grados. Prepararé un nicho en la nieve, para pasar la noche. El hielo se mantiene cerca de los cero grados, por eso los esquimales se encuentran confortables dentro de sus iglúes. La temperatura ambiente en el exterior puede llegar a alcanzar bastantes grados bajo cero, éste es el verdadero enemigo.
Solo, en mitad de aquella oscuridad únicamente interrumpida por la blancura dominante, comienzo a cavar el agujero con las manos protegidas por las manoplas. Me doy prisa antes que sea más tarde. Son mis últimas fuerzas y no las debo desperdiciar.
Llevo un rato excavando y parece que hace una eternidad que comencé. Creo que hay suficiente profundidad y con la nieve que he sacado, he construido un ribete a modo de pequeño muro alrededor del agujero, así no tengo que ahondar tanto.
Las piernas se me han quedado entumecidas por estar tanto rato de rodillas. Hay partes de mi cuerpo que hace rato que no las siento. He intentado en vano mover los dedos de los pies y, éstos, no han obedecido y, si lo han hecho, no los he sentido. Esto no va a solucionarse en el hoyo, será peor una vez me meta allí. Sin embargo, y a pesar de ello, estoy convencido de estar vivo porque la herida de la frente me duele, me duele muchísimo, enviando punzantes rayos de dolor hacia mi cerebro en cada bombeo de mi corazón.
Me introduzco ansioso en el agujero con la seguridad que aquello me ayudará a conseguir pasar la noche al abrigo.

Hace rato que estoy embutido en este maldito hoyo. Agotado, me apretujo más aún en un fugaz intento por conservar el poco calor que queda en mi cuerpo.
El tiempo transcurre lentamente, al menos, ésa es la impresión que me invade, la del moribundo que observa el avance de su agonía.
Entro en tiritera; los temblores vienen acompañados de bruscos escalofríos que, a modo de espasmos involuntarios, me recorren todo el cuerpo.
Han cesado los tembleques, bien podría pensar que es un buen síntoma, pero conozco la evolución de la hipotermia, sé que es todo lo contrario. Tiritar es un mecanismo reflejo del cuerpo que se dispara, automáticamente, en un intento por generar calor haciendo trabajar involuntariamente a los músculos; esto ocurre cuando la temperatura corporal interna desciende por debajo de los treinta y cinco grados centígrados. Soy consciente que éste es sólo el primer indicio que avisa que la pérdida de calor en el cuerpo es excesiva. Cuando el temblor cesa sin haber entrado en calor, significa que el organismo no es capaz de recuperarse por sí mismo, en ese momento, la temperatura interna está por debajo de los treinta y dos grados. Los siguientes pasos en la degradación física son: la pérdida de la lucidez, el desvarío y el fallecimiento del individuo. Así pues, reconforta dejar de temblar, pero mortifica tener la certeza que me precipito a una muerte segura.
Estoy preocupado. Hace tiempo que me duelen las orejas. No me las puedo frotar para calentarlas porque el dolor es mayor aún. Creo que ya no razono con agilidad, hasta el cerebro se me está helando. Me vienen a la mente ideas e imágenes inconexas, sin lógica alguna, como cuando se está en entrevelas en una noche de mal dormir. El agotamiento quiere dar paso al sueño, no es prudente en mi estado de fuerzas dejarme llevar por el cansancio.
Levanto la mirada hacia el cielo, sólo acierto a distinguir algunas estrellas en el firmamento. Las contemplo allí, estáticas, titilando, observándome por encima de mi realidad. Quisiera estar lejos de aquel agujero, en una de ellas para contemplarme desde arriba. Me pregunto…, cómo sería verme morir desde fuera de mi propio cuerpo, al igual que si fuese un extraño el que estuviese exhalando su último aliento. Me pregunto de nuevo, se puede ver uno a sí mismo expirando el último suspiro de vida como si tu cuerpo fuese el de otro y, a la vez, continuar sintiéndote vivo. ¡Difícil pregunta!. ¡Quién tuviese la respuesta!.
Una sensación de frío glacial, se ha apoderado de mí y me va calando, poco a poco, como la llovizna fina y suave que cae en un atardecer otoñal.
Cada vez me siento más torpe, no me sorprendo, es predecible, no siento los dedos de los pies y pronto también ocurrirá lo mismo con los de las manos, mas no tengo fuerzas para luchar contra tan incorpóreo enemigo. Me noto caer en un profundo abismo deslizándome suavemente por una pendiente de flojera que va siendo, más y más, pronunciada y cuando miro hacia arriba, el borde de la salvación, se encuentra más distante de mí.
Morfeo me envuelve con sus dulces y suaves brazos. La somnolencia es espesa y pesada. Lentamente y sin pausa, se apodera de mí, casi no puedo mantener los párpados abiertos.
Me cuesta horrores pensar. Sé que debo hacerlo, he de hacer trabajar mi cabeza para seguir manteniéndome vivo. El sueño me conducirá inevitablemente al precipicio de la muerte. ¡No debo abandonarme!. He de seguir aferrado a la vida. Ni siquiera tengo a mano una mísera fotografía de mi familia para poder contemplarla e infundirme ánimos imponiéndome la obligación de volver algún día a casa y seguir siendo el sustento de mi mujer y de mis hijos. No quiero morir como un perro abandonado, sin nadie querido al lado haciéndome compañía. ¡No he vivido esta asquerosa vida para terminar así!.
Mi esfuerzo por mantenerme despierto y alerta, obtiene pobres resultados. Mi mente funciona a marcha lenta como un radiocasete que se queda sin pilas, empeñándose en que la cinta siga girando, reproduciendo la voz de los cantantes con un lento y grotesco tono grave.

Un terrible aullido me sobresalta haciéndome pegar un respingo y retornándome de golpe a la vida. ¡Dios!. ¡Qué está pasando!.
Tenía conocimiento que en estos parajes deambulaban lobos solitarios o en pequeñas manadas y este sonido parece confirmarlo. Siempre había pensado que eran sólo habladurías.
De nuevo, otro aullido procedente de la misma dirección, desgarra el monótono silencio de la noche. Suena muy cercano, casi diría que está al lado mío. ¡Demasiado cerca!.
Tengo miedo. Me refriego nervioso la frente, la herida duele; la palma de la mano se mancha de sangre, instintivamente la huelo.
¡Maldita sea!. ¡Huele a sangre!. ¡Mi sangre!.
Me imagino a aquel lobo con su negro y húmedo hocico, alzado hacia el cielo, percibiendo y analizando los matices del aire, husmeando mi rastro, en un intento por detectar el paradero de una víctima herida, presa fácil que no le iba a ocasionar problemas ni esfuerzos para abatirla. Dibujo en mi mente la imagen de aquella bestia poniendo en marcha sus instintos de depredador para localizar el premio a su pertinaz búsqueda de comida, ya casi paladeando el festín. Lo veo expectante, ofreciendo la misma estampa que el cazador que aguarda vigilante un fatídico movimiento de su presa. Caminando sin prisas, aproximándose con su amenazante y tenebrosa silueta recortada en el oscuro horizonte. Las mandíbulas entreabiertas, la lengua sobresaliendo y colgando ligeramente en un lado de la boca, restos de babas rebosantes goteando sobre la fría nieve, bocanadas de aliento cálido lanzadas al aire con fuerza, formando tenues y momentáneas nubes de vapor que envuelven, por unos instantes, los poderosos y mortíferos dientes afilados cual cuchillos, listos para desgarrar a su víctima. Su víctima…, ¡Qué impersonal suena!. ¡Su víctima soy yo!.
Con total seguridad, aquel lobo había sido capaz de olerme desde muy lejos y ahora, viene en mi busca.
El terror se une al frío, al cansancio y al sueño, no tengo cabida para más sensaciones, entre todas me están sumergiendo en un submundo de confusión. Me oculto hundiéndome todo lo que puedo en el agujero, acurrucado, encogido, realizando un máximo esfuerzo en un mísero intento por pasar lo más desapercibido posible para aquella bestia.
Sé que no sirve de mucho ocultarse, los sentidos de los lobos están demasiado desarrollados como para pretender engañarles con tan ridículo intento. Siento más frío y más miedo.
El pánico no me da libertad para pensar. Si me quedase un ápice de energía, podría intentar encaramarme a un árbol, pero el pavor que agarrota mis músculos no me lo permitiría; además, después de tanto rato metido en el hoyo, no podría moverme con la suficiente agilidad. ¡Perfecta excusa para justificar mi cobardía y permanecer quieto!.
No sé cuanto tiempo he permanecido en esta tensa espera. Las luces del amanecer iluminan las copas de los árboles arrancándoles tenues destellos. Un silencio sepulcral ha presidido estos últimos momentos de lenta agonía. El animal todavía no ha asomado sus fauces por mi agujero. Puede que haya pasado de largo y que, al fin, no me hubiese localizado.
Por minutos, me voy envalentonando y adquiriendo confianza en la esperanza de sobrevivir. Al mover mis miembros, me duelen los tendones rígidos por la inmovilidad, los dedos de las manos y de los pies están inertes, el frío hace rato que me obligó a sentir su dolor.
Lentamente y con notable esfuerzo, me incorporo lo justo y suficiente como para asomar la cabeza e intentar ver las inmediaciones del agujero.
¡Maldito espectro!.
Enfrente de mí, a menos de diez metros, se hallaba un gran lobo, acechando entre la vegetación, mirando fijamente con sus ojos salvajes clavados sobre mí. Gruñe, arrugando el morro en clara actitud agresiva, mostrándome sus incisivos encajados, amenazantes, brillantes y rebosantes de saliva generada ante la expectativa de haber hallado comida y saciar pronto su voraz apetito.
Inmediatamente me agacho de nuevo, aunque no sé muy bien para qué, me había visto y ahora se abalanzaría sobre mí. Me cubro la cabeza con las manos en espera
de recibir el envite de aquel monstruo. Cierro los ojos y aprovecho estos últimos momentos para encomendarme a Dios en una susurrada plegaria. Escucho tenues ruidos próximos al filo de mi agujero; en cualquier instante dará comienzo su ataque. No tengo ninguna posibilidad de salir victorioso, no me quedan fuerzas para pelear, sólo puedo aguardar al fatal desenlace con resignación, no existe en mí la valentía y
el coraje suficiente como para ponerme en pie y luchar, únicamente puedo resistir agazapado y esperar a que se marche sin conseguir su objetivo.
Siento calor en mi rostro, un calor húmedo, primero en una mejilla, después, en la otra.
¡No tiene sentido aquello!. ¿Me está atacando un lobo?.
Abro los ojos con estupor. Veo el cielo azul, es de día y, a mi lado, el tiro de perros del trineo.
¡Rusky!. ¡Qué alegría ver el rostro de Rusky!. ¡Mi fiel guía!.
El animal contento por hallarme con vida, menea el rabo de un lado a otro con energía. Acerca su rostro al mío y vuelve a lamerme la cara.
Observo que estoy tumbado en la fría superficie de la nieve, la sangre en el suelo me recuerda la herida en la frente.
Por un fugaz momento pienso en el lobo, asustado, miro a mi alrededor en busca suya.
¡No está!. ¡No entiendo nada!.
Puede que mi mente y el frío me hayan jugado una mala pasada. No quiero entender, sólo deseo marchar de aquí cuanto antes.
Me incorporo lenta y pesadamente enfundándome en el trineo cubriéndome con pieles. Reúno las tenues fuerzas que me quedan para apenas gritar: ¡Aahock!. ¡Aahock!.
Rusky me mira con ojos inteligentes y comprendiendo la orden dada, tira de sus correajes con fuerza. El trineo se pone en marcha; cierro los ojos sin querer recordar la angustia vivida, sólo deseo dormir y que mi cuerpo entre en calor. Sé que esto es imposible sin la ayuda de otros.
El trineo avanza, me siento desvanecer y, mientras tanto, pienso en el lobo que se presentó frente a mí. Me viene a la memoria, como un recuerdo lejano. Las leyendas de las gentes de estas tierras que cuentan que, antes de que el alma abandone este mundo y parta hacia el más allá, al moribundo le visita el espíritu del "Gran Lobo" para que le rinda cuentas de su paso por esta vida. ¡Noñerías de viejos!. Pero…, puede que esto fuese lo que me ocurrió, en ese caso, todavía desconozco su veredicto final. Aunque bien es cierto, que no creo que tarde mucho en saberlo, ya no distingo si estoy medio vivo o medio muerto.
Rezaré para que alguien se cruce en mi camino y me socorra, antes que vuelva a escuchar el próximo y definitivo aullido del lobo portando su sentencia final.

Autor : Rafael López Rivera