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Alfred Nobel

 

EL FRANCOTIRADOR


Una crisis demasiado larga generó una precaria economía.
La inseguridad, el desempleo y el hambre, alimentaban odios ancestrales que consiguieron enfrentar a dos pueblos, dos etnias y a sus dos religiones. Las masas aborregadas, se dejaban llevar por consignas enardecedoras de las virtudes y la superioridad de los unos sobre los otros.
El discurso disfrazaba de justas reivindicaciones, los oscuros intereses personales de unos pocos. Verdades a medias, contadas como dogmas absolutos de razón y justicia.
En cada área geográfica, los grupos mayoritarios, oprimían y hostigaban a las minorías para provocar la emigración forzosa y conseguir la limpieza étnica de la zona. Familias enteras abandonando sus hogares, dejando una parte de sus vidas, tantas y tantas ilusiones, recuerdos y sacrificios. Marchaban hacia donde no fuesen perseguidos ni odiados. Se dirigían hacia un destino incierto, en silencio, amontonados, con sus pertenencias a cuestas, sin saber con certeza cuando podrían volver o, si debían dar por perdido todo aquello que dejaban atrás.
El conflicto en las calles iba a más. La tensión social se palpaba en el ambiente. Un altercado, un incidente sin importancia, algo tan nimio que ya nadie recordaba, enfrentó definitivamente a los unos contra los otros. La espiral de violencia creció y creció, sin que las autoridades pudiesen o quisiesen ponerle freno.
Al final, alguien tomó un megáfono y proclamó su mensaje a los cuatro vientos. Hablaba de independencia, hablaba de autodeterminación, hablaba de libertad y hablaba de guerra. El populacho escuchaba absorto sus palabras, la multitud estaba como hipnotizada, le apoyaba, le vitoreaba y lo que fue peor, le secundó.
Una vez fueron desenterradas las hachas de guerra, no podían ser guardadas de nuevo sin que se manchasen de sangre, pero la derramada, siempre, exigía más en compensación. En ambos bandos, las víctimas inocentes reclamaban venganza y justicia divina.
La guerra inevitablemente se había iniciado. Los coteales contra los miteles y viceversa. Sólo dejarían de pelear cuando uno de los dos contendientes se rindiesen o cuando ambos, estuviesen tan agotados de generar y padecer calamidades e injusticias, como para no continuar teniendo voluntad de seguir luchando.
Casi dos años de guerra civil destrozaron a los dos bandos, sembrando el odio entre los amigos, las familias y los hermanos. Quienes peor lo pasaron fueron las familias mixtas. Fuesen a donde fueran serían considerados enemigos. Muchos de ellos, decidieron quedarse a vivir en su mismo pueblo, el de toda la vida. Éste era su caso. Él era un coteal y su esposa una mitela. Se casaron hace veinte años. Tenían una hija de catorce y, hasta el comienzo de la guerra, habían convivido apaciblemente y en armonía con todos.
Cuando llegó el momento de la lucha, él se incorporó a la contienda formando parte del bando de los coteales. Marchaba tranquilo sabiendo que su esposa e hija quedaban en buena compañía, con su familia y sus vecinos de siempre. Hoy retornaba del frente después de haber pasado más de un año y medio alejado de su casa. Volvía licenciado tras haber sido abatido. Una herida de metralla le produjo serias secuelas en una pierna y, éstas, entorpecían su movilidad. Tras recuperarse, podía caminar con cierta torpeza, pero no podía correr y, un soldado que no fuese capaz de emprender una carrera en el combate, sólo era un lastre para el resto de la patrulla. Su lucha en esta contienda había finalizado.
Viajaba en un autocar, lleno de gente y de bártulos, pensando en su hogar anhelado y en el recibimiento que le darían. ¡Iba a ser una sorpresa tremenda para su mujer y su hija!. ¡No sabían que él regresaba!.
Mirando por la ventanilla, observaba los campos y los pueblos a su paso. El panorama que presentaba el paisaje a su paso era desolador, sólo se distinguía destrucción y calamidades por doquier. Aquella guerra estaba resultando demasiado equilibrada y por ende, devastadora para todos; nadie estaba ganando, todos perdían en este enfrentamiento y, cuanto más se prolongase, más desgracias y más miserias obtendrían. Esta guerra solamente beneficiaba a los mismos de siempre, a los que no combatían y que sabían extraer provecho de las contiendas
Finalmente, llegó a su hogar, una pequeña casita situada a las afueras del pueblo, muy cerca de los campos que con tanto esfuerzo y sudor había cultivado año tras año. La puerta estaba cerrada, el huerto saqueado, la tierra sin labrar, parecía que todo aquello estuviese abandonado.
Se dirigió a la casa de sus padres. Ellos le explicaron lo sucedido. Su esposa e hija habían perecido. Amargo y triste mensaje, entregado por su familia entre lágrimas y desconsuelo. El soldado, cabizbajo y anonadado, habiendo perdido la ilusión por vivir, se retiró con paso cansino hacia su hogar. Pasaría por la iglesia para rezar por sus almas y después, iría a visitar sus tumbas al cementerio, para darles un adiós, para recordarlas, para llorar y lamentarse en soledad, fuera de las miradas de los demás. Se sentía terriblemente culpable por no haber estado allí para evitar lo sucedido.
Los días transcurrieron, los partes de guerra difundían las victorias parciales que iban saltando de un bando al otro, según fuese el origen de la información. La realidad era que, en esta región, la primera línea de combate se aproximaba peligrosamente a la población. Desde allí, se escuchaban perfectamente el tronar de las baterías de artillería ligera y los efectos del avance enemigo se hacían notar, sobre todo, por el repliegue de las propias tropas. De hecho, hacía días que había llegado a la zona un francotirador que, de una forma selectiva y, desde diferentes puntos, iba abatiendo, poco a poco, a los habitantes del pueblo.
Una comisión en representación del ayuntamiento, en la cual estaba incluido su propio padre, fue a visitar al soldado en su casa a las afueras. Rogaron que les ayudase a cazar al francotirador. Él poseía más experiencia en combate que ninguno de ellos. Tenía que ayudarles porque era la última opción. Antes de dirigirse a él, habían hablado con las milicias locales, pero éstas estaban demasiado ocupadas defendiendo posiciones estratégicas y preparando su retirada, como para perder el tiempo yendo a la caza de un solitario francotirador.
El hombre tras escuchar la petición, se negó con rotundidad. Él estaba discapacitado para el combate, lo habían licenciado por inútil y, en su opinión, ya había luchado lo que le correspondía y por ello, perdió lo que más quería en este mundo. No poseía nada por lo que pelear. Quería que le dejasen sólo con su calvario, ahogando su pena con aguardiente intentando olvidar como mejor pudiese. Ya no le importaba morir, pero según les justificó, estaba muy cansado de tantos horrores y de tanta guerra. No estaba dispuesto a luchar a favor de aquellos que no defendieron a su familia. Dicho estaba, no iba a poner su vida en juego para defender los intereses de otros. Lo hizo una vez, pagó un precio muy alto por ello y no volvería a hacerlo.
Debido a su negativa a colaborar, los miembros de la comisión se marcharon amenazando al hombre con el menosprecio por parte de todos, pero aquel hombre, no necesitaba de nada ni de nadie y así, lo había hecho saber.
Ante el incesante ataque del francotirador y, gracias a la insistencia de la gente del pueblo, finalmente, la milicia decidió enviar a dos de sus hombres para que indagasen sobre los incidentes. Estuvieron allí e hicieron todo tipo de preguntas para determinar el patrón de actuación del tirador, si atacaba por la mañana o al atardecer, qué víctimas escogía, en qué lugares actuaba, tomaron nota de todo lo que consideraron importante para preparar un plan de caza y captura. Con esta información en su poder, los dos milicianos montaron en su destartalado vehículo y retornaron hacia su campamento.
Partieron tomando el camino asfaltado del norte. Se encontraban a medio kilómetro del pueblo cuando de repente, se escuchó un fuerte sonido en el parabrisas, como si una piedra hubiese saltado, golpeándolo y rompiéndolo. Inmediatamente, el vehículo maniobró con un giro brusco que hizo que se saliese de la carretera, sobrepasando la cuneta y terminando, por clavar, el morro del vehículo en una zanja.
El soldado acompañante, algo aturdido por el choque, intentó auxiliar a su colega, pero cuando giró el cuerpo inmóvil del conductor, éste no reaccionaba. ¡Estaba muerto!. Un disparo le había impáctado en pleno pecho, esa era la explicación del por qué tuvieron el accidente, nada de piedras, había sido un disparo preciso.
Se dispuso a salir con cautela del coche, el tirador todavía podría estar esperándole.
Agazapado, al amparo del vehículo, observó los alrededores. Cerca, a unos cincuenta metros, había una lengua de árboles que se prolongaban desde el bosque cercano. Para poder alcanzar al conductor en el pecho, tenía que haber disparado desde allí. Intentaría acercarse, era necesario dar caza al asesino. No podía quedar impune y sin vengar la muerte de su amigo. Sólo escribiría la carta de condolencias a la viuda, si estaba acompañada por la noticia de la ejecución del asesino de su marido.
Se movió agachado y a gatas mientras la carrocería del vehículo le protegía. Entonces, bruscamente y con la rapidez de un rayo, cruzó la carretera haciendo movimientos quebrados en zig zag, tirándose de plano delante de unos hierbajos altos. Durante su breve carrera escuchó un disparo y un "prink" en el asfalto. ¡Ufff!. Estuvo cerca, todavía estaba ahí. El tirador le acechaba. La rápida maniobra le había pillado por sorpresa y un poco descolocado, aunque por el breve tiempo que tardó en reaccionar, se notaba que era experimentado.
En un principio el tirador pensó que el soldado iba a salir por el otro extremo del coche y eso fue la causa de su despiste. Esto le fastidió en gran medida, por un lado, porque ahora el soldado era una amenaza e iba a por él; por otro, él quería completar su cupo y si el soldado hubiese fallecido en el accidente, ya habría terminado.
El número de víctimas, formaba parte de una promesa solemne. No pararía hasta que éstas llegasen a diez. Después, se retiraría en paz y abandonaría aquellos parajes para siempre.
El soldado reptó sigilosamente, apartándose del lugar donde aterrizó en su caída; no quería que disparasen a ciegas y le diesen por haber permanecido quieto en el mismo lugar. El avance se debía hacer con muchísima cautela. La prudencia era su mejor aliada, cualquier perturbación o movimiento reflejado en las matas e hierbajos, podrían indicar, claramente, su posición al enemigo. Para reforzar su mala suerte, no corría ni una suave brisa que pudiese hacer bailar la vegetación, el aire estaba completamente estático. Todos los elementos del paisaje permanecían inmóviles, al igual que la imagen mostrada por una fotografía.
El tirador había dejado el fusil apoyado en el suelo, la mira telescópica iba bien para la puntería, pero con ella se perdía la visión global y periférica. Para descubrir a su oponente, oteaba la zona con unos prismáticos. Su posición era ventajosa permaneciendo al amparo de los troncos de los árboles. Sabía que el soldado durante su carrera, con la precipitación de los movimientos evasivos, no había tenido tiempo suficiente para ubicarlo, puesto que tuvo que cruzar muy deprisa la carretera.
Ahora, era sólo cuestión de averiguar quién era el más paciente de los dos. Él tenía claro que su sino era continuar allí oculto. Si acababa con este objetivo, todo habría finalizado, si lo dejaba vivo y se marchaba, mañana habría patrullas buscándolo y no quería tener a nadie rastreando sus pistas, cada día tenía peor la pierna y deseaba terminar aquel asunto de una vez por todas.
¡Maldita sea!. Voy a tener que dar un rodeo demasiado grande, pensó el soldado. Cuando llegue a los árboles se me habrá escapado. No sería tan tonto de continuar allí oculto esperándole o, tal vez, sí. Con los francotiradores nunca se sabía. Eran tipos solitarios y poco habladores. Unos bichos raros que no se relacionaban con los demás. Existía gente que poseía una paciencia y aguante infinito, ésta era una de las cualidades de un buen tirador. En ocasiones, durante sus escaramuzas reducen tanto los movimientos y van también camuflados, que no existe forma alguna de distinguirlos del entorno.
Por su quietud, le recordaban, en cierto modo, a las estatuas humanas que vio una vez en las ramblas peatonales de la capital, durante su viaje de fin de carrera. Aquellos mimos caracterizados de estatuas, con todo el cuerpo pintado de blanco, plata o bronce. Permanecían inmóviles durante minutos, ni siquiera parpadeaban hasta que un transeúnte les echase una moneda, entonces, por unos segundos recobraban la vida, realizando un cambio de postura y, de nuevo, vuelta a quedarse completamente quietos y estáticos, en espera de la siguiente aportación monetaria.
¡Pufff!. ¡Estoy paranoico!. Aquí plantado jugándome la vida y con la mente puesta en tonterías de mimos.
El tirador valoraba la audacia y valentía de su rival, el cual, sabiamente, permanecía oculto y cauteloso, para no proporcionarle ninguna pista sobre su paradero. Si por el contrario, se estaba moviendo, entonces, lo estaba haciendo mucho mejor de lo que él pensaba porque, realmente, no estaba siendo capaz de distinguir ningún movimiento sospechoso en la vegetación. En una hora se haría de noche y la cosa se complicaría, no venía preparado para tal eventualidad.
El equipo de campaña lo entregó en el frente junto con el visor de infrarrojos. Sólo le permitieron quedarse con el fusil de precisión y la mira telescópica en reconocimiento a los servicios prestados y, a la gran cantidad de bajas confirmadas obtenidas en combate, era casi una leyenda en su batallón.
Por un momento dejó de observar con los prismáticos el campo. Sacó una fotografía de su mujer y su hija. La miraba con nostalgia y tristeza. Comenzó a pensar en todo lo acontecido, en aquello que su familia le había explicado a su regreso.
En el pueblo habían habido muchas pérdidas en el frente y el odio hacia los miteles estaba muy arraigado. Poco a poco, la gente comenzó a mirar mal a su mujer y a su hija, no las querían allí, pero tampoco ellas podía marcharse a otro lugar. En cualquier otro sitio serían perseguidas y, con los de su etnia, serían fusiladas por traidoras y por confraternizar con el enemigo. En cualquier caso, estarían malditas y serían el blanco de la furia de la plebe.
Él sabía que sus padres y hermanos las protegieron acogiéndolas en su hogar, pero aún teniendo la protección de su familia, la gente de aquel desagradecido pueblo continuaron increpándolas. Las insultaban, las amenazaban y, los niños, les tiraban piedras a su paso, hasta que un trágico día, aparecieron en las afueras, camino de casa, violadas y con un disparo en la cabeza. Fue alguien del pueblo, de eso no cabía duda.
¡Nadie se molestó en buscar un culpable!. Se habían cargado a una mitela y a su hija. Todos poseían su parte de las culpas, unos por insultarlas, otros, por apedrearlas y otros…, por matarlas. No se podía señalar a ningún culpable directo, porque lo fueron todos ellos. Nadie quiso ver en ellas a su familia y respetarlas como tal. No comprendía la razón por la que le habían hecho esto a él. Ellas no eran culpables de esta maldita guerra, no eran traidoras a nada ni a nadie. Él estuvo dispuesto a dar su vida en el frente para salvaguardarlos, luchando al lado de sus hijos, de sus padres, de sus vecinos, como si se tratasen de sus propios hermanos.
Juró sobre las tumbas de su esposa e hija que morirían cinco personas de aquel maldito pueblo por cada una de ellas. El miliciano, conductor del vehículo, no era del pueblo, pero como si lo fuese porque había estado allí; por ello, lo daría por válido para la contabilidad. Comenzaba a estar harto de esta matanza sin sentido, pero pasase lo que pasase, cumpliría con la promesa hecha. Esta situación era una locura, él lo sabía y, lo mismo, le contestó su madre cuando le expuso su plan. Ésta intentó persuadirlo de su idea loca, pero el esfuerzo y las buenas palabras de la mujer fueron en vano. Él había hecho una promesa solemne sobre un lecho de muerte y debía cumplirla. La venganza es una amarga recompensa. Un buen día comenzó todo y ahora estaba a punto de finalizar.
Cuando los del pueblo fueron a su casa a pedirle ayuda para acabar con el tirador, él se reía interiormente de ellos viendo reflejado en sus rostros el miedo y la preocupación. ¡Él no se podía autocazar!. Al recordarlo, una sonrisa burlona se dibujó en su rostro. A continuación, sacudió levemente la cabeza para sacarse aquellos pensamientos de encima, se había distraído de nuevo. ¡Éste era un error garrafal!. ¿Dónde estaba el miliciano?. La duda le sobresaltó haciendo que su corazón pegase un brinco.
Mientras tanto, el soldado había valorado la posibilidad de llegar hasta una pequeña agrupación de rocas, donde podría refugiarse y, desde allí, dar el siguiente paso. A la velocidad a la que se movía tardaría una media hora en llegar. Este tiempo se iba a convertir en algo eterno. Parece mentira que el cuerpo fuese así, pero ante la tensión y el miedo del momento, le habían entrado unas ganas terribles de hacer sus necesidades.
Tenía premura por orinar y por defecar, los retortijones de barriga le estaban torturando, pero…, ¿qué hacer?. En última instancia, su cuerpo le exigía un alivio. Se recostó de medio lado y tumbado como estaba, orinó con un cañito que no alcanzaba más allá de unos pocos centímetros, con mucho cuidado, dosificando las fuerzas, intentando que los esfuerzos sólo fuesen dirigidos a orinar, sin dar pie a que otros músculos apretasen a la vez más de la cuenta y se iniciase la defecación. Sintió que la vejiga acallaba en sus dolorosas quejas. No así sus tripas, que en un ataque de celos y envidia, comenzaron a martirizarlo despiadadamente, retortijón tras retortijón.
En vista de las presiones internas ejercidas por su propio organismo, aceleró su ritmo de avance, debía llegar a un lugar seguro para hacer lo inaplazable. Su movimiento se volvió más apresurado y precipitado, no por ello dejó de ser cauto, pero la necesidad apremiaba cada vez más.
A nadie, en esta maldita guerra, le gustaría que le pegasen un tiro en la cabeza con los pantalones bajados. ¡Menuda escena para aquel que encontrase el cuerpo!. ¿Qué diría la notificación oficial del Ministerio de Guerra?. "Sentimos mucho comunicarle la muerte de su hijo/esposo en el campo de batalla mientras hacía sus necesidades". ¡Por Dios!. Sonaba ridículo con sólo pensarlo. Esto no le pasaría a él. Finalmente, llegó al abrigo de aquellas rocas y pudo poner remedio a sus urgentes problemas fisiológicos, aunque el acto fue realizado de una forma apresurada, dadas las circunstancias especiales del momento.
Era consciente que aquella cacería, de ratón y gato, debía terminar antes del anochecer, porque frente al visor de infrarrojos, que le permitía al tirador la visión nocturna, él tendría todas las de perder. No podía albergar la esperanza de que llegasen refuerzos milicianos porque, todavía, era demasiado pronto como para que les echasen en falta en el campamento. Tendría que arriesgarse en la próxima hora y terminar con su oponente, el sol estaba comenzando su declive.
No tenía claro qué pensar, estaba dubitativo. Se preguntaba si su enemigo permanecía todavía allí o no. Tal vez, estaba realizando todo aquello para nada y ya se hubiese marchado el tirador, pero cómo estar seguro, si se equivocaba…, sería su perdición. Había que arriesgarse. Contaría hasta cinco y saldría corriendo hasta la próxima agrupación de piedras. "Uno, dos, tres, cuatro y cinco". ¡A correr!.
El tirador vio a su contrincante correr, apareció como una sombra de entre los hierbajos, saliendo de unas rocas a otras, desapareciendo rápidamente. No le dio tiempo de alcanzar el fusil y a disparar. Estaba mucho más cerca de lo que él sospechaba. El rato que estuvo divagando sobre su pasado, le había proporcionado a su oponente, la oportunidad de aproximarse hasta una distancia extremadamente peligrosa, pero ya sabía donde estaba, la próxima vez que se moviese no le pillaría desprevenido. ¡Seguro que no!. ¡Él poseía el don de la paciencia!. Lo cazaría en el próximo movimiento.
El soldado había corrido de lado, casi como un cangrejo, con la mirada fija en el grupo de árboles, tratando de distinguir una silueta, de discernir un indicio que le señalase donde estaba el tirador. Sí, lo vio, su rival estaba desprevenido y tuvo que hacer un movimiento brusco que lo delató ante sus atentos ojos. Gracias a ello, él lo identificó claramente. ¡Ya conocía donde estaba su rival acechándole!. Pero…, aún así, no sería fácil, ahora, su contrincante también conocía su posición.
El tirador tomó su fusil, lo apoyó sobre una roca y se dispuso a escrutar con extrema paciencia el área donde localizó a su enemigo. Sólo era cuestión de esperar a que, su oponente cometiese un fallo. Además, el soldado era impetuoso, ya lo demostró en las dos ocasiones en las que apareció de repente. Seguro que se la jugaría una tercera vez, pero en esta ocasión él estaría allí esperándole y no fallaría.
¡Puffff!. Otra vez la suerte le acompañó, se alegraba por ello el soldado. Estaba claro que necesitaba alcanzar los árboles para abandonar el desamparo del terreno al descubierto, era su única esperanza de cazar al tirador y de escapar de su mira telescópica. Debía ser rápido como una liebre y, de un salto repentino, colarse entre los árboles.
El tirador acariciaba suavemente el gatillo del arma, este gesto nervioso y repetitivo lo realizó infinidad de veces en el frente, teniendo a su objetivo al alcance de su fusil, aguardando el momento más propicio para el disparo. En este momento, no tenía el blanco fijado en su mirilla de disparo, pero era cuestión de tensa espera y el soldado aparecería de nuevo. Él tenía una técnica depurada que le permitía, realizar disparos rápidos a objetivos en movimiento con una efectividad muy alta, sólo era cuestión de saber por dónde iba a aparecer el sujeto y, éste, ahora, sólo tenía una vía de salida. ¡Él no desperdiciaría la oportunidad!.
El soldado decidió aguardar unos minutos antes de precipitarse a la carrera, quería que la atención del tirador menguase por la espera. El tiempo iba transcurriendo lentamente. De nuevo, unas tremendas ganas de orinar y defecar le invadieron, pero esta vez, no se trataba de una necesidad fisiológica, sólo era miedo. Miedo a caer abatido, miedo a morir, miedo a quedar inválido, miedo a…; miró de nuevo el reloj, esperaría un poco más.
El tirador se sintió mareado, notó que la cabeza se le iba nublando por momentos, una sudoración fría le invadió el rostro, se encontraba por un instante algo aturdido. Un fuerte dolor, como un calambre, le corrió como un rayo a lo largo del brazo izquierdo, paralizándole y dejándole sin respiración. El fusil cayó al suelo. El dolor punzante se extendió por el pecho. Una daga de sufrimiento le cortó la respiración; la vista se le turbó y se sintió desvanecer en su desesperada lucha por evitarlo.
El soldado se armó de valor y, a continuación, saltó ágil y veloz como un jaguar hacia los árboles. Ésta vez sólo fue capaz de mirar al frente, no quería tropezar y caer en su carrera. Alcanzó satisfactoriamente los árboles, desconocía el motivo por el cual, el tirador no le disparó durante el fugaz recorrido.
Ahora se encontraba en su terreno, pensó triunfante el soldado. ¡Su enemigo estaba perdido!. No le podía ganar en el bosque. Comenzó a moverse entre los troncos aplicando técnicas de comandos, sabiendo muy bien hacia dónde se dirigía y cómo hacerlo. ¡Vengaría a su compañero!. Aquel bastardo no mataría a nadie más con su actitud cobarde, escondido bajo sus ropajes de camuflaje en medio de la espesura, traicioneramente, agazapado, esperando a que apareciese una víctima desprevenida para robarle la vida. El miliciano, sentía menosprecio por estos soldados que no combatían exponiéndose al peligro como los demás, siempre ocultos, siempre atacando por sorpresa, sin dar la cara en el combate.
En estos momentos, el soldado poseía la moral alta, envalentonándose al hallarse en las condiciones óptimas y ventajosas que le proporcionaba el bosque. De alguna forma, la fortuna, había equilibrado las fuerzas y las oportunidades de ambos contrincantes, pero a poco que él pudiera… ¡El cazador sería cazado!. ¡El muy bastardo moriría en su propia trampa!.
El soldado comenzó a escudriñar cada recoveco, cada sombra, cada tronco de aquella zona de bosque. Él estaba seguro que el tirador no pudo escapar, no tuvo tiempo para hacerlo, se encontraba todavía allí. Avanzando sigiloso, sin ruido, se aproximaba al último punto dónde localizó al tirador, lo hacía dando un rodeo, no sería tan ingenuo de ir directo a su encuentro.
De repente, lo vio echado en el suelo, a tan sólo unos metros de él. Apenas si se podía distinguir; estaba como encorvado, haciendo un bulto para pasar más desapercibido y confundirse con las sombras del bosque. El soldado apuntó despacio, directo a su pecho y disparó.
El arma sonó como un trueno en medio del silencio del bosque. El tirador no se inmutó. Quizás, se tratase de una treta, puede que aquello fuese un señuelo puesto adrede para confundirlo. Se agachó precipitadamente y vigiló los alrededores, atento a cualquier sonido sospechoso.
Nada. No ocurrió nada. Un poco más confiado, el soldado se acercó al bulto. Cuando estuvo a un par de metros de él, se cercioró que aquello era un hombre de verdad pero no podía asegurar si estaba vivo o muerto.
La mejor forma de saberlo era disparándole a las piernas. Así lo hizo y, el cuerpo, continuó inmóvil. No hubo ni un quejido, ni un gesto de dolor. ¡Nada!. Se aproximó hasta él y verificó que efectivamente estaba muerto, aunque pudo comprobar que las heridas producidas por sus disparos no eran lo suficientemente graves como para producirle la muerte. Otra de las circunstancias curiosas era que, el cuerpo no sangraba y que, el cadáver, estaba todavía algo caliente. Aquella persona había fallecido antes que le disparase. ¡El destino se burló de él frente a sus propias narices!. Pero…, no importaba, él estaba vivo, el enemigo muerto y su compañero vengado.
Cuando en el pueblo tuvieron conocimiento de quién era el tirador, montaron en cólera y se dirigieron a su casa y, después, a casa de sus padres, en ninguna de ellas encontraron a nadie. La familia del francotirador había marchado cuando conocieron las intenciones de su hijo de no parar de matar. Apreciando después, que no se trataba de mera palabrería. La gente del pueblo, mitigó su frustración quemando ambas casas y profiriendo, al mismo tiempo, todos los insultos imaginables hacia aquella familia y su estirpe.
Con el tiempo, las noticias del fallecimiento del tirador, llegaron a los oídos de su familia. Sólo su madre dentro de la sabiduría que le proporcionaron los años de dura vida y de sufrimiento, fue capaz de comprender con lucidez lo ocurrido. Lo argumentaba dentro de sus propias convicciones y creencias, diciéndose que, su hijo hizo una promesa maldita, imploró a Dios que le permitiese acabar con la vida de diez de los habitantes de aquel pueblo, cinco por cada una de las vidas que habían arrebatado a sus mujeres. El décimo puesto, aunque él no lo sospechase, estaba reservado exclusivamente para él mismo.
A su hijo, después de haber cumplido con su promesa, con el transcurrir de los años, cuando el odio se mitigase, su propio resentimiento y amargura, no le permitían jamás seguir viviendo con la carga y el remordimiento de tantas muertes inocentes a sus espaldas. Por ello, el Señor, en su infinita misericordia, decidió que él fuese esa última víctima y que su alma descansase en paz. Ésta era la verdadera razón por la que su muerte debía cerrar la cuenta y, aunque como madre lo sintiese, en justicia, debía ser así.

Autor : Rafael López Rivera