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Alfred Nobel

 

EL ARREO DE LA MULA
Rubén López

Inocencio Grajales fue a parar a la cárcel sin que nadie supiera el porqué. ¿Cómo es eso, se preguntaban en el pueblo, de que un humilde caficultor fuera condenado a veinte años de prisión?

Su mujer, dedicada a la cestería, contó sobre los últimos días:

Inocencio madrugaba con el alba. Al poco rato, en la cocina se sentía un aroma de café molido y tostado. Aprontaba el canasto y recolectaba los frutos cereza, con la despulpadora separaba las semillas de la pulpa, lavaba y secaba los granos de café, los echaba en tanques y allí los dejaba remojando y fermentando.

Al día siguiente recogía aparte el café vano que flotaba en el agua para separarlo como pasilla, vaceaba los granos en canales y los lavaba por completo en agua limpia que cambiaba constantemente. Lavado el café, le dejaba escurrir el agua hasta que al frotarlo lo percibía áspero y produciendo un sonido de cascajo, lo llevaba al secadero para que los rayos solares lo dejaran como pergamino seco, periódicamente revolvía el café con un rastrillo de madera, lo zarandeaba para eliminar las cáscaras, los granos sin despulpar y las hojas, y así determinaba el tamaño de los granos, «chatos» y «mokas».

De modo que en La Felicia no podían más que preguntarse: ¿cómo fue que terminó en la cárcel un pobre hombre que, además de buen padre y marido, no hacía más que trabajar y trabajar?

El penúltimo domingo en la mañana Inocencio Grajales se dio un baño, se afeitó, se puso su camisa dominguera, preparó dos mulas y las cargó con bultos de café, se despidió de su mujer y sus cuatro hijos y se fue camino a La Felicia.

En el pueblo vendió los bultos de café a una trilladora de Juancho Morales. Como pretexto para hacerle ciertos comentarios, un empleado lo invitó a ver cómo se procesaba el café. Con el realizo Inocencio compró mercado para la semana en un granero de la galería y lo cargó sobre sus dos mulas.

—A pesar de ser pobres no nos faltaba la comida y teníamos nuestra finquita —dijo su mujer.

Era cierto que Inocencio Grajales fabricaba licores con fórmulas caseras. También era cierto que se iba para el pueblo, hacía detener las mulas a la orilla de una quebrada, les desamarraba las canecas a medio llenar de leche y mazamorra para vender en el pueblo y las «completaba» echándoles con una totuma agua sucia de la corriente. Volvía y amarraba las canecas y, golpeando con el zurriago los ijares de las mulas, reemprendía la marcha:

—¡Arree mulas que no saben pa'donde las llevo! ¾gritaba.

Pero nada de eso daba para un carcelazo de veinte años.

La última vez que estuvo con su mujer en lo que ellos llamaban “El Estanco”, situado a varios metros de su casa de guaduas y tapia y entechada con tejas de barro y arcilla, bastó con jalar de una liana para que se abriera una ramada y al instante se sintió un delicioso aroma de licor, un olor de ron con miel, de brandy con café y de aguardiente anisado, y los rayos de sol hacían brillar las botellas coloreadas.

Fabricaba licores para consumir en las parrandas y con la aprobación de su mujer escogía el trago para la fiesta del sábado siguiente, organizada sin motivo aparente. El día de la fiesta los campesinos invitados llegaban a caballo de fincas y veredas ornadas de abedules y eucaliptos. Inocencio Grajales los requisaba para asegurarse de que no portaban otro tipo de armas distinto a los machetes, que guardaba en una pieza asegurada con candado.

En La Felicia se comentaba, y por más que se comentaba no se entendía cómo un hombre pacifista había terminado en la cárcel con una condena tan larga a cuestas. Ni fabricar licores sin licencia ni adulterar la leche y la mazamorra daban para veinte años tras las rejas.

—Entonces ¿qué fue lo que hizo Inocencio Grajales? —se preguntaban.

Fue un lunes, recordó su mujer, en que al reiniciar su dura jornada fumigó los cafetales para prevenir enfermedades causadas por plagas e insectos. Antes había sido la roya que estuvo a punto de dejarlos en la ruina, y se veía venir la broca que perforaba los granos de café cereza y su poder de destrucción era mucho mayor.

El último domingo Inocencio Grajales se bañó, se afeitó, se puso la camisa dominguera, empacó varias arrobas de café en sacos de fique, se despidió y

—¡Arree mulas jodidas!...

En la trilladora habló una vez más con el hombre que desde semanas atrás venía haciéndole una propuesta. Esta vez Inocencio lo escuchó en serio mientras veía tostar el café, la molienda, el empaque, la degustación de la bebida por los catadores que establecían el aroma y el sabor.

Al día siguiente, como siempre madrugó a las cinco de la mañana, escurrió su vejiga y ordeñó las vacas. Era la hora en que, desde que él tenía escasos cinco años, su padre lo hacía levantar para coger café:

—¡A trabajar bellaco! —le decía arrancándole las cobijas.

Y como si fuera todo un chapolero el chiquillo tenía que trabajar a pleno sol, con un sombrero de jipi japa puesto, para llenar varios tarros con las cerezas del café, ya fuere de palos altos o de palos bajos como el caturro.

Cuando su padre lo castigaba le ataba las manos con un cordel, lo colgaba de una viga y le daba garrote con un zurriago. Y a sus hijos les decía: «Si el que voy a castigar sale corriendo le pego un tiro en una pata aunque eso me obligue a sostenerlo en una cama durante meses». La madre lo castigaba un poco menos cruel: lo tiraba al suelo, le ponía un pie sobre la nuca y le daba con una soga de esas de enlazar novillos.

Así que Inocencio Grajales huyó de su casa a los catorce años y se marchó bien lejos a jornalear en fincas cogiendo café y trillando el mismo grano melódico de sus padres antioqueños. Nunca quiso volver a saber nada de sus padres. Nunca quiso volver a verlos. Siendo adulto madrugaba a las cuatro de la mañana, se calentaba con un café de pasilla, alistaba la linterna y se iba a chapolear hasta las cuatro de la tarde.

—Éramos pobres, pero no nos faltaba la comida y teníamos nuestra tierrita. Tuve que vender la finca y mandarle la plata a otro país para que se pagara un abogado. Pero de nada sirvió porque el abogado se robó la plata y a mi esposo lo condenaron a veinte años —dijo su mujer ahogándose en sollozos.

Sin embargo, ella era una de las dos personas que sabían con certeza lo que había ocurrido, pero no se lo contaban a nadie: Inocencio Grajales se dejó convencer por el empleado de la trilladora de Juancho Morales para que llevara un «encargo» al país del norte, en unos saquitos de café como equipaje de mano. En el Aeropuerto de Miami su aspecto humilde y su nerviosismo lo delataron de inmediato y a su pobreza empeorada se le sumarán veinte años de cárcel por traficar con el «polvo blanco».